sábado, 25 de febrero de 2012

LA CANCIÓN DEL DESIERTO. Segunda parte



Tras añadir más leña al fuego, la hoguera pareció palpitar con vida propia elevando sus llamas al cielo nocturno con la efímera pretensión de rivalizar con el mismísimo fulgor de las estrellas que iluminan el firmamento eterno.

Nio sintió la calidez de la hoguera sobre su rostro, y agradeció a los dioses que le permitiesen seguir disfrutando de estos irrepetibles momentos. Se acomodó sobre su vieja manta y se aprestó a seguir escuchando la terrible historia de Mioleh, el indiscutible héroe de estos desérticos paramos.

“-No temáis a la noche, ni os atemoricéis ante los peligros que acechan tras las oscuras dunas. No dejéis que el miedo a la oscuridad os asuste -narra con énfasis el trovador-, ya que Mioleh consiguió, solo y desamparado, derrotar a la oscuridad en su caída a las mismísimas entrañas del averno, superando, valientemente, infinidad de peligros, valiéndose únicamente de su astucia para que, en la actualidad, podamos continuar disfrutando de la luz que nos regala diariamente el astro rey.”

Las peripecias y aventuras que generó el descenso de Mioleh a los infiernos se suelen narrar en poemas específicos y en épocas muy concretas. Además, no todos los narradores conocen la historia completa de esta aventura, por lo que, a Nio, no le importó demasiado que el narrador, sentado al otro lado de la hoguera, omitiese expresamente esta parte, ni hubo, tampoco, queja alguna por parte de los demás entusiasmados oyentes.

“Cuando Mioleh llegó al fondo del abismo infernal, donde moraba la deidad oscura, Sehad, la encontró sentada en su trono real. Un trono hecho de piedras preciosas, arrancadas de las mismísimas entrañas del planeta por las almas en pena que pueblan el orco. Almas condenadas hasta el fin de los días a purgar sus pecados terrenales sirviendo bajo el yugo del señor del averno.

La luz del astro, encadenado a las raíces del árbol divino, se reflejaba sobre un trono que multiplicaba por mil la luz que incidía sobre él, generando un brillo que sobrepasaba con generosidad al del propio sol allí preso. Mioleh tuvo que taparse los ojos para no quedar cegado por el formidable resplandor que irradiaba el trono real. Rápidamente extrajo de su ajada escarcela la túnica sagrada que dicen perteneció al Ángel caído, ese que en su día, situado a la diestra del todo poderoso, tuvo la osadía de plantarle cara e intentó tratarle de igual a igual, con nefasto resultado para él…Hasta el momento.

Nio se movió rápidamente cubriendo el Sol con la túnica y, la luz, tal como había llegado, se fue. La luz desapareció dejando un espacio vacío que la oscuridad no tardó en llenar. Allí donde antes reinaba el fulgor de las partículas ahora imperaba la negrura del caos. Allí donde la luz consiguió desterrar al mal, relegándolo al ostracismo de las sombras, ahora éste recuperaba el terreno perdido y se apoderaba de nuevo de las tinieblas del averno. Pero a Mioleh no le preocupó lo más mínimo que el manto de la oscuridad se desplomase a su alrededor, acostumbrado como estaba a deambular por los desolados parajes de un desierto que, en las noches más cerradas, se confundía con el mismísimo fondo abisal del Báratro.

A tientas, Mioleh, tiró del astro, pero éste no cedió de su anclaje divino.

Sedah emitió una carcajada que hizó retumbar los mismisimos cimientos del infierno. A cualquier otro mortal se le hubiese helado la sangre, pero no a Mioleh.

- No te esfuerces mortal -de la garganta del dios de la oscuridad surgió un susurro atronador- no hay artilugio humano ni demoniaco que pueda dañar el árbol primigenio, y mucho menos que consiga cortar la más débil de sus raíces. Tu heroico viaje a llegado a su fin. Todo tu esfuerzo no ha servido para nada, y las esperanzas de tu mundo se esfuman junto con la luz que nunca volverán a ver.

- No subestimes la capacidad de superación de los humanos, recuerda que los dioses nos hicisteis a vuestra imagen y semejanza -contestó Mioleh, que parecía guardar un as en la manga.

- Tienes razón humano, por eso tendrás el privilegio de escuchar una historia que pocos mortales conocen.

"Cuando se inició el tiempo, y la madre de todos engendró a los dioses, estos deambularon por el cosmos sin un lugar al que poder llamar hogar, y sin un triste alimento que llevarse a la boca. La eternidad era un periodo demasiado largo para soportarlo con el estomago vacío, y se quejaron, por lo que la madre Gea extrajo de su vientre una semilla divina con la que Urano, el padre de todos, plantó el árbol del que florecerían los frutos con los que alimentar, por toda la eternidad, a su prole.

Llegado el momento, el padre de todos, eligió un remoto planeta situado en los confines mas alejados de una joven galaxia, para que el árbol divino echase sus raíces.

Y fue así como el planeta en el que habitas se convirtió en la despensa de los dioses. Y esa es la única razón por lo que existís los humanos, para que vuestras almas alimenten al árbol de la ambrosía… ¡El alimento divino!

Sí, mortal, ese es vuestro destino y el de vuestras almas: ¡servir de comida!”

Mioleh sonrió levemente, la simple idea de acabar sus días como abono para el maldito árbol, por muy divino que fuese, se le antojaba excesivamente macabra, así que decidió actuar. De la escarcela atada a su cintura extrajo el colmillo sagrado que el shamán de su tribu le regaló el dia que quedó huerfano. Aún recordaba como el viejo sabio, después de ingerir el jugo amargo de la planta sagrada, entró en éxtasis para vislumbrar el futuro, y fue así como, después de verlo, le susurró al oído una profecía: "llegará el dia en el que necesitarás que ésta reliquia, que perteneció al último de los dragones que custodiaban la entrada al paraíso, te salve la vida y nos libere a todos de la oscuridad". Ahora entendía el verdadero significado de la visión que tuvo el shamán.

De un golpe seco cercenó una de las delgadas raíces que sujetaban el astro rey, y entonces la tierra tembló a sus pies mientras el infierno se estremecia de dolor. El guardian de las tinieblas, Sedath, se retorcia agónicamente sobre su trono, su alma resquebrajada aullaba por el terrible sufrimiento del árbol de la eternidad, ya que él era el guardián de su destino.

Las bestias infernales que pueblan el averno corrieron a esconderse en los rincones más prufundos y oscuros, huyendo de los espantosos alaridos que el dios del mal emitía, y a medida que el lamento infernal ascendía por los diferentes niveles del inframundo, se iba modulando y adquiriendo un tono menos desgarrador, más melódico, hasta convertirse en un monótono ulular que recorrió las desérticas arenas hasta llegar a los oídos de los humanos. Ningún ser sobre la tierra recordaba haber escuchado jamás un sonido parecido. Todos los que lograban oírlo quedaban extasiados, ya que, desde el inicio de los tiempos, ningún humano había vuelto a escuchar la voz de su creador.

Mientras tanto, Mioleh luchaba por no perder el conocimiento. Los alaridos infrahumanos que emitía el dios del averno amenazaban con romperle los tímpanos y volverle loco de dolor, pero se sobrepuso como pudo y levantando el brazo armado con el colmillo draconiano lo dejó caer desesperadamente sobre la ultima raíz que sujetaba al sol, y finalmente, emitiendo un sonido hueco, la raíz se resquebrajó liberando al astro de su yugo, y éste viendose libre de ataduras se alevó por encima de las oscuras tinieblas del infierno, y fue a ocupar su sitio en el firmamento celestial.

Y de nuevo la luz del sol baño la superficie del planeta, dando paso al dia. Y desde entonces todos los seres vivos disfrutan del eterno ciclo del dia y la noche.

Cuentan que cuando el sol se pone por el horizonte y el dia deja paso a la noche se suele oír el ulular del desierto. Algunos creen que es el lamento del dios de la oscuridad en su eterno sufrimiento; y otros creen reconocer a Mioleh regresando de su aventura infernal.

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