sábado, 10 de diciembre de 2011

LA CANCIÓN DEL DESIERTO. Primera parte.



Nio había vivido toda su vida en la más dolorosa de las soledades. La desoladora e implacable dureza con la que el desierto golpeaba a los insensatos que osaban profanar su monótona tranquilidad, nunca había hecho mella en él, ya que, desde su más tierna infancia, se dedicó a recorrer, de un extremo a otro, las majestuosas e infinitas dunas que tapizaban el horizonte blanco y dorado que constituía ese océano de arena, del que nunca, ni por asomo, deseó salir.

Ya, de niño, solía jugar entre las patas de los camellos que en extensas e interminables hileras conformaban eternas caravanas que, cargadas de mercancías, atravesaban el desierto, un horno abrasador de día, y un infierno oscuro y gélido tras la puesta del sol. Pero, afortunadamente, entre esas dos etapas bien diferenciadas entre luz y oscuridad, solía disfrutarse de un breve periodo de temperatura ideal, durante el cual se vislumbraba la verdadera esencia de este territorio extremo, y se podía disfrutar de la desconcertante y maravillosa esencia del desierto en estado puro. La vida existente sufría una efervescencia momentánea que transformaba por unos instantes ese mundo duro y hostil en uno más benévolo, más agradable, y que permitía, si uno se detenía a escuchar atentamente, oír una canción que el desierto ululaba todos los atardeceres, justo cuando el crepúsculo iniciaba su efímero reinado. Un canto de sirenas que calaba en lo más profundo del alma, anidando en su interior y atrapando con su melodía a todos cuantos la conseguían escuchar.

Cuando el frio de la noche caía como una losa pesada y dolorosa sobre los hombros de los pocos osados que se atrevían a deambular por las áridas y ondulantes planicies desérticas de este territorio, todos los nómadas se arremolinaban alrededor de grandes y crepitantes hogueras, frente a las que acostumbraban a contar viejas historias narradas miles de veces por sus antepasados, y que se convertían en una liturgia ancestral llevada a cabo por infinidad de pueblos nómadas, consiguiendo que la tradición oral se perpetuase de generación en generación.

Había muchas historias que a Nio le encantaba escuchar, pero la que más le atraía era, sin lugar a dudas, la que llamaban “La canción del desierto”. Seguramente porque durante su breve y joven existencia había podido disfrutar, más de un atardecer, de ese ulular, un susurro que el desierto entonaba y que hipnotizaba a sus moradores.

Nio se acurrucó al calor de la hoguera y, mientras comía algo, se dispuso a escuchar de nuevo la vieja historia:

Cuenta la leyenda que, al inicio de los tiempos, cuando el sol se escondía por el horizonte y sus últimos rayos luchaban por no caer en el abismo de la noche, se solía oír, de un extremo a otro del desierto, un ligero y ululante lamento que inundaba toda la vasta y desolada extensión de arena que nos alberga.



Narran, que los lamentos que emitían los últimos rayos de sol al caer en el abismo de la noche, eran tan amargos y desgarradores que no dejaban descansar a Onaruh, el dios del cielo, y que esté se enojó tanto con el sol que, en un acto de colérica inconsciencia, típica de la prepotencia divina, lo precipitó a las profundidades más tenebrosas del averno, donde vivía Sedah, el dios de la oscuridad.


Y, aseguran, que en su caída, la luz del sol iluminó con tal fulgor las entrañas del infierno que consiguió aliviar, por unos instantes, las terribles penalidades que sufrían las almas condenadas al tormento eterno. Pero, al llegar al fondo insondable del tártaro, donde habitaba el señor del averno, el sol cegó con su luz a Sedah, que ante el dolor infinito que sintió, dejó escapar un alarido infernal que hizo temblar el cosmos y encoger de espanto el mismísimo corazón de Onaruh.

Las arenas del tiempo caían inexorables sobre estas desoladas tierras, anegándolas de desesperación y oscuridad. Igual que el eje de la tierra gira sobre sí mismo invirtiendo, de tanto en tanto, su polaridad magnética, las tinieblas del tártaro invadieron la superficie del planeta engullendo todo atisbo de luz solar, dejando la faz de la tierra en un eterno crepúsculo y, a su vez, bañando el infierno de una intensa claridad que despojaba, sin pretenderlo, a sus moradores del cruel yugo de la oscuridad.


El daño estaba hecho. La decisión de Onaruh, el dios del cielo, de acallar los gritos agónicos de los rayos solares cayendo por el abismo de la noche, había sido una total equivocación. Una decisión de la que, la divinidad, comenzaba a arrepentirse, ya que, los alaridos de dolor del dios Sedah eran insoportablemente peores que cualquier otro ruido que oídos humanos o divinos escucharon jamás.


Onaruh, reconociendo su error, se dispuso a llamar al sol para que ocupase de nuevo su puesto en el cielo, y restablecer, así, el equilibrio en este mundo de almas en pena. Pero algo impedía que el astro rey retornase de los infiernos... Sedah lo había atado a las raíces del árbol de la creación.


El dios del cielo no entendía cómo era posible que con todo su extraordinario poder no pudiera arrebatarle el astro rey al dios de la oscuridad. ¿Qué poder desconocido impedía al todopoderoso Onaruh materializar sus deseos? ¡Él era, sin lugar a dudas, el dios supremo! ¡El creador omnisciente! ¡El verbo que puso orden en el caos y luz en la oscuridad!


Sedah, siendo un dios todopoderoso, continuaba estando por debajo del dios supremo y, en un posible enfrentamiento directo, sabía que tenía las de perder frente a Onaruh; por eso utilizó toda su astucia y, sirviéndose de los retales del hilo de la vida, ató el sol a las eternas e indestructibles raíces del árbol de la vida, el que la leyenda sitúa en el jardín del paraíso celestial, y que hunde sus raíces en las profundidades mismas del infierno, para alimentarse de la esencia vital de las almas caídas.


La tragedia estaba servida. El juego eterno de las venganzas divinas escribía otro trágico capítulo que, de nuevo, hacia tambalear el destino de la humanidad, ya que sin el sol, todo rastro de vida sobre la faz del planeta corría riesgo de extinguirse.


Onaruh, viendo la estrategia de Sedah, ideó un plan divino para liberar al sol de sus ataduras. Un plan que, como casi siempre, debía realizar un osado y valiente ¡mortal!..., como si no. La idea era simple: enviar un “voluntario” a las profundidades, ahora no tan oscuras, del infierno, para cortar los eternos hilos del destino que ligaban el astro solar a las raíces del árbol de la sabiduría.


Qué humano soportaría sin pestañear el extremo calor que abrasa las profundidades del averno, se preguntó el dios del cielo. Sólo un morador de los desiertos podría soportar la soledad ardiente del inframundo. Y así es como fue elegido Mioleh, el nómada más recordado del desierto, un héroe para las tribus de estos baldíos parajes. Otro mártir humano para la causa divina.


Mioleh recibió, del dios de los cielos, instrucciones precisas sobre como descender y sobrevivir en los diferentes niveles que existen en el inframundo. También le entregó un hueso afilado, extraído de las mismísimas costillas de un dios muerto, que es el único instrumento capaz de cortar los hilos divinos que ligan al sol en su particular encierro infernal.

Las primigenias repartidoras, tejían el hilo de la vida que regía el destino de los mortales y, cuando estos caían, debido al peso de sus pecados, a las profundidades del averno, dejaban por el camino retales del hilo que sustentaba su existencia, y parte de estos retales eran recogidos por alimañas infernales que, afanosas, lo amontonaban en algún oscuro y desconocido rincón del inframundo.



- Cantan los bardos esta antigua canción: “¡Corred a ocultar a los niños! ¡Escondedlos en lo más profundo del Bayt, para que no puedan oír el ulular maldito! ¡Es la canción del desierto! -Susurran los trovadores- ¡Corred rápidamente a esconderlos, ponedlos a buen recaudo del ulular de Mioleh!, o su cantar los arrastrará junto a él... ¡Al mismísimo infierno!”



…continuará.

martes, 1 de noviembre de 2011

LA VERDADERA HISTORIA DEL CARTERO Y SU MOTO. (3)



Lejos, muy lejos, quedan los días de la burbujeante bonanza económica que amenazó con anegarlo todo y a todos, y en la que solíamos zambullirnos, alegre e inconscientemente, la mayoría de los mortales que habitamos este país de ingratos, este mundo de almas tristes e ignominiosas.

Más lejos, si cabe, quedan los días de esplendor físico y mental del que disfrutó este cuerpo que habito, y al que ya, a duras penas, le queda recorrido. Y, puestos a recordar, aún retengo vagos e inconexos recuerdos de lo que parece ser una excéntrica, agitada y dolorosa existencia paralela, vivida en un lejano universo situado a años luz de la realidad y sumergido en las oscuras tinieblas del olvido.


Uno de esos fragmentados recuerdos hace referencia a una extraña e indecorosa desviación sentimental, sí, he de reconocer lo que algunos comentaron en su momento: que era una verdadera relación sexual, algo morbosa y depravada; pero yo no creo que la cosa llegase tan lejos, la gente suele recrearse en sus propias fantasías para rellenar el espacio que queda entre el conocimiento de la realidad y la realidad tal como es. Y, la verdad es que ahora que el tiempo ha levantado un muro entre ese momento pasado y el presente, tengo la sensación de que sólo fue una buena amistad, consolidada gracias al roce diario y la necesidad de unir esfuerzos por un bien común... ¿No cuela? Bueno pues pasemos a relatar los hechos tal como sucedieron.


Al principio, la relación entre mi moto y yo no fue nada fácil, muchos no daban un duro por nosotros, augurándonos un doloroso y trágico final, pero la realidad fue muy diferente. Pese al tiempo transcurrido aun suelo percibir entre mis piernas la caricia sintética del asiento de eskay, ese suave y sensual tacto que me acompañaba diariamente y me aliviaba del monótono ajetreo del reparto carteríl. Mis oídos aún conservan, como un ligero ruido de fondo, el agradable ronroneo con el que el motor de mi querida y añorada Bety alegraba mis jornadas de trabajo.

La simbiosis entre nuestros organismos se fue adaptando lenta pero sólidamente hasta llegar al clímax de la compenetración. Aunque parezca algo antinatural, la verdad es que existió entre nosotros una simbiosis muy especial, la unión máquina-humano quizás alcanzó con nosotros el punto más álgido del que se ha tenido conocimiento hasta el momento. Años después la tecnología permitió que partes del cuerpo humano pudiesen ser sustituidas por prótesis artificiales, algunas de ellas parcialmente mecanizadas con las que se conseguían movimientos casi naturales, pero ese nivel de compenetración humano-maquina no se acercó ni de lejos a la relación que nos unía a nosotros.


En aquella época las prioridades que regían mi existencia eran simples: Jack Daniel's, el curro y Bety y, además, por ese orden. La bebida me permitía evadirme de la mierda de mundo en el que me había tocado vivir; el trabajo me permitía seguir bebiendo, y Bety me empujaba a regañadientas a continuar viviendo, a mantenerme más o menos cuerdo en este valle de lágrimas, en este árido e inmundo barrizal en el que se había convertido el mundo que me rodeaba. Tan solo conociendo el panorama que regía mi deteriorada mente se podía entender como la relación con mi moto había llegado a ese extremo, para mantener la cordura en una situación así había que hilar muy fino, el equilibrio entre la realidad y la locura se podía quebrar con facilidad y, aferrarse a cualquier objeto, idea o sentimiento que te mantuviese a flote era la única alternativa, el abismo que se abría a mis pies era tan profundo y tan oscuro que me atraía sin remisión, y caer en la vorágine de la autodestrucción era mucho más fácil de lo que creía.


Ahora, años después me veo inmerso en una decadente jubilación, la botella me sigue acompañando, el trabajo de repartir correo pasó a mejor vida el día en el que el gobierno privatizó los servicios postales y la tecnología invadió tanto los hogares como las empresas, haciendo que la red global se infiltrase en todos los rincones del planeta, relegando el correo tradicional, primero al ostracismo y después a la extinción.


Y qué decir de mi vieja moto Bety, los kilómetros y el mal huso pudieron con su vetusta mecánica. Antes de llegar hasta mí, pasó por innumerables manos que la trataron sin excesiva consideración, lo que provocó que acabase convertida en una vespa veterana, una moto curtida en el viejo arte del reparto diario, las calles dejaron de tener secretos para ella, y ella con el transcurrir del tiempo me mostró la verdadera cara de la ciudad, los rincones ocultos del alma de la urbe, allí donde se cuecen las historias y se cocinan las leyendas. Allí donde el caos se armoniza y el cosmos se hace realidad.


Me siento cansado, la vida no me ha dado tregua y los recuerdos afloran en cuentagotas por mi maltrecha cabeza, los pensamientos se ralentizan como si estuviesen atrapados en un lodazal que, voraz y despiadado, trata de engullirme lenta y angustiosamente hacia lo más profundo de sus oscuras entrañas.


Los párpados me pesan incluso más que el alma. Siento que las fuerzas me abandonan y que la encabronada resistencia que había plantado a la Muerte se va diluyendo en un mar de agotamiento.


Cuando desaparece la esperanza, ese primigenio regalo olvidado en las entrañas de la caja de la primera mujer, sólo nos queda la resignación... Y la muerte.

EL CARTERO SIEMPRE LLAMA DOS VECES, O MÁS.(2)



Dante odiaba el frió, ese jodido e inmisericorde frió que se instalaba dentro de uno sin permiso, hereje, intruso indeseado, y permanecía allí enquistado, doloroso, recordándote continuamente el hecho de ser una piltrafa andante, un montón de carne con extensiones nerviosas, tremendamente sensible a los cambios bruscos de temperatura. Pero la vida humana tiene esas pequeñas imperfecciones, había que convivir con ello de la mejor manera posible e indudablemente el hecho de conocer las limitaciones de su frágil organismo no le consolaba lo más mínimo, y menos cuando sentía los músculos agarrotados y entumecidos debido al tremendo esfuerzo, amén de que seguía teniendo un frío de cojones.


A lo lejos una luz tintineaba levemente a través de las tenues nubes que un vacilante y tímido viento empujaba desganado. A veces, la luz que le guiaba orientándole en su agotador ascenso desaparecía completamente y Dante se detenía un instante. Angustiado escuchaba su propio jadeo, notando su frenético pulso clamar por un descanso para que el aire pudiese entrar libremente en sus pulmones y distribuir el preciado oxigeno a todos los rincones de su cuerpo que, enloquecido, demandaba un leve y gratificante descanso, cosa que desgraciadamente no podía permitirse. Rodeado de la más absoluta oscuridad esperaba, ansioso y crispado, que las nubes continuaran su vaporoso viaje por el firmamento y le dejasen ver de nuevo la luz salvadora que le indicaba la dirección correcta a seguir en su inhumana ascensión por el escarpado paraje.
─ ¡Mierda, no veo un pijo! ─ Exclamó entre dientes, mientras resoplaba como un cerdo asmático.
La ascensión se había tornado agónica y más de una vez resbaló rodando ladera abajo, desandando el camino y llevándose más de un doloroso y humillante porrazo que le llenó el cuerpo de magulladuras y contusiones.


Cuanto ansiaba notar de nuevo entre sus piernas a su querida y deseada Bety. Le dolía en el alma, y en otras muchas partes de su cuerpo, haber tenido que dejarla allí abajo, sola y desconsolada, expuesta al gélido viento y a la penumbra mortecina de una triste farola, que, al menos, impedía que la oscuridad se la tragase completamente.


Ensimismado en sus pensamientos Dante había conseguido recorrer la distancia que le separaba de la luz que hacia las veces de guía y salvavidas momentáneo. Apartó las ramas de un arbusto de un manotazo y noto como el terreno inclinado se allanaba. Se detuvo exhausto y sin aliento, inhaló un aire terriblemente frío que al entrar en sus pulmones le quemó por dentro, haciéndole toser.
─ ¡Joder, con la puta cuesta de los cojones, ya no estoy para estos trotes!─ Escupió entre bocanada y bocanada, mientras se acercaba a la luz que le había servido de faro durante su interminable ascensión, y que resulto ser un viejo candil de aceite que colgaba de un garfio en la entrada de un vetusto y destartalado caserón.
Dante ascendió los escasos escalones que le separaban de la puerta de entrada, y aporreó cansadamente la agrietada y maltrecha puerta. Le contestó el silencio. Llamó de nuevo golpeando esta vez con furia, y de nuevo el silencio fue la respuesta.
─ ¡Hola, hay alguien ahí! ─ Grito, desesperado. Más silencio.
─ No me jodas que ahora no hay nadie, con la paliza que me he pegado ─ se dijo a si mismo en voz alta.
Dante permaneció sentado un buen rato en el borde de los escalones, sopesando sus alternativas, mientras se recuperaba de la agotadora ascensión que había iniciado hacia una hora desde las cuatro casa que formaban el pueblo hasta la vivienda del cabrero, situada en lo mas alto de los riscos de este macizo montañoso.
Desmoralizado, bajó lentamente los escalones y se dispuso a iniciar el descenso hacia el pueblo. La idea de tener que volver otro día por estos parajes le hizo estremecerse, y recordando una de sus películas favoritas “el cartero siempre llama dos veces” se giró rápidamente y saltando por encima de los podridos escalones se planto de nuevo frente a la carcomida puerta que comenzó a aporrear con inusitada rabia. Volaban puñetazos y patadas sobre la roída puerta, incluso, llevado por un ataque de furia realizó un intento de echar la puerta abajo, y por suerte, pese a la violencia de la envestida la vieja puerta aguantó firme.
En ese instante se oyó a lo lejos una voz:
─ ¡Quia, julandrón, serás plumífero, que me vas a hundir la choooza… cago en to lo que se menea! ─ gritaba enfurecido Pedro el cabrero blandiendo amenazadoramente una hoz en una mano y sosteniendo en la otra un conejo fiambre que se balanceaba desnucado de un lado a otro en un baile macabro de muerte y gula.
─ Que barruntas so mendrugo, no ves que estoy despachando las viandas pa la cena ─ soltó el cabrero, con el rostro descompuesto, mientras se acercaba encolerizado.


─ Usted perdone, buen hombre, pero es que vengo desde el pueblo y esta maldita cuesta ha conseguido que el oxigeno no me llegue al cerebro. Me presentaré, soy Dante Fonseca el nuevo cartero.
─ ¿Y el Paco? ─ gruño Pedro.

─ Si se refiere al antiguo cartero, lo único que sé es que desapareció de la noche a la mañana sin dejar rastro y que al cabo de tres meses una de sus hermanas recibió una postal desde Cuba, en la que escribía que había llegado al paraíso y que no lo sacarían de allí ni con aguarrás.
─ ¡Maldito bribón! Siempre decía que un día atravesaría el mar para perderse entre cocoteros y rollizas mulatas. Al final lo hizo. Yo, si no fuese marinero de agua dulce vadearia el Ponto y disfrutaría mis últimos días de las churris y el Lorenzo en alguna de esas islas paradisíacas. ¿Pero entonces quien cuidaría de mis animalejos, eh.
─ Misterios insondables de la existencia ─ le comentó Dante al cabrero, que asintió compungido, y dándole la espalda se dirigió hacia el corral a seguir con sus asuntos.
─ Perdone pero le traigo una carta y lleva matasellos de cuba… no será por casualidad de su amigo Paco.
─ No lo sé, ni me importa, es tarde y tengo mucha faena ─ farfulló Pedro en tono cansino.
─ ¡Pero no le interesa saber lo que dice! ─ insistió Dante.
─ Parece usted más interesado que yo. Le increpo el cabrero, mientras se ponía a despellejar al desnucado conejo.

─ Hombre algo de curiosidad si que tengo ─ dijo el cartero.
─ Pues la curiosidad mato al gato, o sea que ya puede echar la carta por debajo de la puerta y largarse por donde ha venido.


Envuelto en un extraño desasosiego Dante se encamino mosqueado cuesta abajo hacia el pueblo, tenía ganas de sentarse sobre su querida moto que tantas alegrías le daba y alejarse lo antes posible de aquel rincón perdido de la profunda Iberia.

EL CARTERO. (1)



A Dante, la jodida vida le había golpeado duro. Quizás demasiado. La rueda de la fortuna giraba siempre hacia otro lado y su existencia era, desde hacía muchos años, una triste sombra de la realidad. Últimamente, sólo tenía tres cosas en la cabeza: la botella, las putas y su moto. Bety era una vespa del servicio de correos, con la que repartía la correspondencia todas las mañanas desde que entró a trabajar para el estado, hará unos dos años.


Cuando Dante montaba a Bety, los problemas desaparecían como por arte de magia y la vida parecía querer darle un respiro. Sentir como Bety vibraba entre sus piernas le producía una especie de éxtasis místico. En su trajín de cartero repartía, embriagado, la correspondencia, al tiempo que montaba una y otra vez a su Bety. Pero, la carne es débil y la del hombre más, por lo que Dante recurría, compulsivamente, a las putas del barrio, que saciaban su ansia de sexo. Finalizada su jornada, triste y amargado, volvía a su apartamento para seguir su orgía con la botella, su otra gran pasión.

¡Joder! Igual no vivía tan mal el cabrón, si todo lo que hacía era beber, fornicar y montar en moto. ¡Estos funcionarios se quejan por vicio! Y Mario el que más.



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