jueves, 9 de septiembre de 2010

LA TABERNA MALDITA - Parte Primera




La noche se cierne, oscura y amenazadora, sobre este inhóspito y desolado paraje, anegándolo de huidizas y aterradoras sombras que, sigilosas, se estiran y se alargan cubriéndolo todo con un manto espeso y tenebroso. El viento aúlla, incesante e inmisericorde, convertido en un torbellino enloquecido que me vapulea sin piedad haciendo que la tierra firme bajo mis pies pierda, por unos instantes, la fuerza de gravedad que se la presupone y que, invisible, evita que mi cuerpo se eleve ingrávido por el éter, y acabe absorbido por la inercia de un cosmos en continua expansión.

Un gélido y mortal viento, sopla impertinente haciendo que hasta el rincón más profundo y recóndito de mi alma se estremezca. Me ajusto el cuello de la cazadora, intentando protegerme inútilmente de las ráfagas que, como afilados cuchillos, se entretienen en rasgar y erosionar mi piel y la de todos aquellos que, estúpidamente, se atreven a pulular por sus dominios, exponiéndose a sus malévolas caricias.

El viejo y excéntrico clérigo que habita la desolada ermita en la que me he visto obligado a pasar estos últimos días, no tenía muy claro como indicarme el camino que debería seguir para poder llegar hasta la misteriosa y perdida taberna, que tanto ansío encontrar. Me señaló a duras penas, tres o cuatro puntos, que decía, me orientarían en el camino, pero al final, fueron tantas las dudas y las contradicciones, que la respuesta que me dio fue la misma que estuvo utilizando todos los días en los que permanecí junto a él, morando en la ermita y acompañándolo en su soledad. Una respuesta que el extraño anacoreta no dejaba de repetir incansablemente: “Dios proveerá y los ángeles nos guiarán”.

Lo repetía, como si de un mantra se tratase. Como si el pronunciarlo constantemente alimentase su fe, y ésta se convirtiese en dogma, y el dogma en realidad, y, a su vez, la realidad pudiese guiarlo hasta un Dios, que de nuevo, le abastecía del mantra, perpetuándose en un bucle sin fin, imperecedero, eterno e inagotable. De esa manera, el viejo eremita conseguía que, con el tiempo y las repeticiones, el presente, la fe, el dogma y Dios se fundiesen en una realidad alternativa, un universo paralelo, un paraíso en la tierra que en realidad sólo existía en su mente, y que a mí, pese a todo, estuvo a punto de atraparme. Suerte que el capitalismo estaba arraigado profundamente en mi subconsciente y se había entretenido en moldear mi esponjosa mente, cincelando mi moral y alterando mi capacidad de discernir cualquier realidad alternativa, además de haber adquirido, desde hace muy poco, la obligación (judicial) de tener que pagar religiosamente la parte que me toca de una hipoteca, y la de pasarle la paga de la prole a mi ex, que si no… ya me veía echando al seudo fraile de su bunker místico y apropiándome, indebidamente, de su cueva, extrañamente saturada de la energía olvidada por alguna antigua deidad caída en desgracia y relegada al ostracismo por sus, ya no tan, devotos seguidores. O, quizás, no sea ni morada ni refugio, sino, una simple gruta formada por algún tipo de mineral magnético que las corrientes subterráneas han ido erosionando y transformado en un gigantesco e invisible imán que polariza el agua del organismo humano, produciéndole un extraño y agradable hormigueo que recorre el cuerpo de pies a cabeza después de que éste se exponga durante varios días al magnetismo indolente de las rocas.

La verdad es que toda esta historia comenzó cuando me vi obligado a aceptar un extraño encargo. Llevaba varias semanas perdido, deambulando por mi propio universo de resacas y decadencia, de autocompasión compulsiva y sedaciones extenuantes. Necesitaba alejarme de todo aquello, y la oportunidad se presentó tras la inesperada llamada de mi ex agente, y eso que la última vez que lo hizo fue para mandarme directamente al infierno. Agradable lugar, sin duda, si lo comparamos con algunos parajes intransitables de este globo sublunar al que llamamos hogar.

-Sam, quiero que quede claro desde el principio que esto no lo hago por ti, ya me has dado suficientes muestras de que eres un rematado cabrón –le soltó, sin ni siquiera pestañear, el que un día fue su mejor amigo.

-¡No me jodas, Lenny!, no estoy para sermones -carraspeé por el auricular, con voz de ultratumba.

-¡Vete a la mierda, capullo!, y si no te cuelgo el teléfono es porque le prometí a Lorena que te daría una ultima oportunidad… Como si no te hubiese dado ya bastantes.

-¡Mierda, jodida resaca! –La cabeza me iba ha estallar y tenia la lengua tan seca que me dolía al hablar-, ¿cómo están Lorena y los niños?

-Tú que crees, llevan meses sin saber nada de ti, por lo menos podrías llamarles -contestó Lenny.

-Todavía… no estoy preparado… necesito más tiempo, lo de la separación me ha afectado mucho más de lo que pensaba.

-Te está bien empleado por mujeriego, borracho y pendenciero –recalcó Lenny.

-Sí, sin duda me lo merezco, ahora me doy cuenta de que mi vida se estaba hundiendo irremisiblemente en un lodazal nauseabundo, y lo peor de todo es que también estaba arrastrando a los que me rodeaban… y de ninguna manera os lo merecíais. Por eso tome la dolorosa decisión de esfumarme, de desaparecer, y, en ese momento de lucidez, decidí que si quería seguir arrastrando mis huesos y mi vida por las cloacas de este mundo, lo haría solo. Por eso me largué.

-¿Realmente fue por esa razón, Sam?, -Lenny, relajó un poco el tono y siguió hablando- no recuerdo las veces que me has engañado, convenciéndome con esas mismas explicaciones. Pero ya no te creo. Y, además, no es a mí a quien debes convencer. Tú, deberías ser el primero en creértelo y después intentar convencer a los demás, y no precisamente con palabras, sino con hechos.

-¿Tan bajo he caído? – susurró Sam, desde el otro lado del teléfono.

-Pues sí, mucho más de lo que crees –sentenció Lenny, mientras un largo silencio dejaba constancia del profundo abismo que les separaba-, pero, por suerte o por desgracia, tienes la oportunidad de reengancharte al tren del sistema, al vagón al que todos nos aferramos con más o menos fuerza y convicción; o, puedes dejarlo pasar y seguir pudriéndote en la cuneta junto a los parias de la sociedad, los pinchaúvas, los desheredados e inadaptados, arrinconados por el sistema y convertidos en desechables y prescindibles.

-¡Joder! Menudo panorama me pintas: o vuelvo y me integro en una sociedad que me asquea y me repugna, o sigo hundiéndome en la miseria más profunda y putrefacta de esta sociedad.

-Al menos, tú tienes la oportunidad de elegir, de decidir en parte tu destino y la forma de afrontarlo. Que me dices -le pregunto Lenny- estás dispuesto a regresar desde el lado oscuro y enfrentarte cara a cara con tu destino.

-Ya sabes que no creo en el destino, e intuyo que la misión que me quieres endosar, eso que tu llamas “oportunidad”, no será tarea fácil –contestó amargamente, Sam.

-Posiblemente te arrepientas antes de lo que crees de dejar el arroyo, de abandonar la cuneta renegando del camino fácil, de ese mundo oscuro y tenebroso que te ofrecía la posibilidad de no tener que decidir, y por el cual te dejabas arrastrar abandonado a una corriente subterránea de decadencia y desidia, en la que se sumergen diariamente miles de incautas almas atormentadas e ignoradas –sentenció Lenny, y a continuación me expuso el plan y el principal objetivo: rescatar la legendaria Biblia Negra.

 Si resultase, por casualidad, que debido a un cataclismo inoportuno, pero no por eso improbable, este mundo que nos cobija y se abastece continuamente de odio y destrucción, de vencidos y de opresores, plagado de sodomitas y fariseos, despareciese ahora mismo del firmamento dejando un vacío inescrutable e indeleble en esta parte tan alejada del centro de la galaxia, creo sinceramente, que nadie lo echaría en falta. Y digo más todavía: pienso que no se derramaría ni una sola lágrima de este vasto universo por este planeta azulado y repleto de una vida menos inteligente de lo que pensamos. Pero, como decía el viejo anacoreta con el que he convivido últimamente: “ten por seguro, que si las cosas pueden empeorar, lo harán, y no dudes que si existe una posibilidad, por pequeña que sea, de salvación, Dios todo poderoso, si le apetece, te la mostrará”. Yo, lo interpreté como: –hay que joderse y seguir sufriendo hasta el fin de los días- cosa, por otro lado, común en los tiempos que corren.

Y con la mente ocupada y el estomago vacío, proseguí mi camino, aterido por el frío y caminando a tientas a través de una impenetrable oscuridad que lo engullía todo, hasta que finalmente, agotado y desorientado, me deje caer sobre el duro y frío suelo, y acurrucado dejé que el sueño me venciese.

La mañana llegó, aliviándome de las pesadillas y calentando tímidamente mi cuerpo. Después de caminar un largo y penoso trayecto, siguiendo las exiguas indicaciones que me dio el viejo eremita, conseguí hallar la recóndita taberna. El lugar realmente estaba apartado, escondido a la vista de cualquier persona que no conociese suficientemente el lugar y, desde luego, sólo se llegaba si se quería ir, por simple y pura casualidad uno no se topaba con la taberna ni de chiripa. La barraca, que era lo que realmente parecía la taberna, era una mezcla entre un refugio de montaña y una decrépita y tiroteada fabela. La puerta medio roída, crujió cuando la abrí. Las bisagras que milagrosamente la sostenían, chirriaron, pareciendo querer anunciar mi llegada. Dos leves puntos de luz iluminaban tenuemente el interior del local, mientras tres sombras sentadas a los lados de una mesa hecha, seguramente, del tronco de un viejo roble talado hace décadas para servir de apoyo y sostén de platos, vasos, botellas y sin lugar a dudas de decrépitos borrachos adormilados y resacosos.

No estaba seguro de si aquel era el lugar correcto, de si después de tanto buscar había encontrado realmente el Santo Santorum anhelado, el lugar de reposo del libro sagrado, el objeto tan necesario e imprescindible, por el cual, según dijo Jenny, debería, si fuese necesario, dar mi propia vida, menester el cual yo no pretendía poner a prueba. Y, dudando, pero esperanzado, profané el tugurio y me adentré en su interior en busca de nuevas y apasionantes aventuras.

Por Rapanuy

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