jueves, 1 de julio de 2010

LA NUBE




Desde la engañosa seguridad de su hogar, a varios pisos de altura por encima del mundo real, Orestes se deleita contemplando el universo que le rodea. Ese mundo feliz e ignorante que se extiende confiado bajo sus pies. Absorto, casi hipnotizado, observa como una humanidad anestesiada por la desidia permanece aborregada e indolente mientras es arrastrada por la doctrina dominante que lentamente va esculpiendo en ella los rasgos, marcados y enfermizos, típicos de una civilización en vías de extinción.

Allí, atrincherado, permanece él, en la cima de su mundo, parapetado tras una muralla de objetos y utensilios indescifrables, de muebles antiguos, rústicos, de una ingente cantidad de cachivaches de tecnología efímera que lo sumergen en un mar de desperdicios estrambóticos adquiridos compulsivamente en bulliciosos y embriagadores mercadillos callejeros, que pretenden, con más o menos fortuna, imitar a sus parientes lejanos, aquellos exóticos zocos de sombríos coloridos y laberínticas callejuelas imbuidas en una amalgama de ruidosos y estridentes sonidos, en las cuales gustaba de zambullirse para acabar empapado de esa gran variedad de aromas, olores y sensaciones que suelen despedir unas paradas siempre rebosantes de objetos extrañamente fascinantes. Objetos fantásticos, construidos con aleaciones de hierro, de cobre, de acero, o de plomo y latón, pero siempre forjados a mano en algún sofocante y lúgubre taller artesano. También había obras talladas en maderas provenientes de India, Asia, Nueva Zelanda o, incluso, esculpidas en alguna de las muchas y exuberantes variedades de cortezas extraídas de los árboles que crecen y habitan en lo más profundo de las calurosas y húmedas selvas tropicales.

Deambular por ese entramado de paradas, le ofrecía la oportunidad de entablar conversaciones multiculturales con una gran variedad de vendedores autóctonos y extranjeros, de lenguas, razas y nacionalidades contrapuestas, que le permitía desplegar una de sus mejores cualidades: el regateo. Durante horas se dedicaba a regatear el precio de los diferentes productos con los comerciantes que, confiados, permanecían bajo el amparo de grandes y descoloridos toldos o de lonas roídas y multicolores. A veces pagaba un precio ridículo, otras veces los intercambiaba por fruslerías sin ningún valor para él, pero que, extrañamente, sí lo tenían para otras personas. Pero casi siempre, por alguna insólita y desconocida razón, que escapaba a su entendimiento, acababan cayendo entre sus manos destartalados objetos, obras de arte, reliquias místicas o paganas que, pasaban a engrosar su amplia colección de cacharros, juguetes, aparatos, trastos y cachivaches, que terminaban rescatados del pasado. Mantener todos esos objetos en su poder y contemplarlos diariamente le permitía continuar anclado, de alguna manera, al mundo real, y sentirse útil y necesario. Allí, rodeado de lo que él consideraba su obra, se sentía complacido y a gusto, y solía sentarse a contemplar, a través de un amplio ventanal, el firmamento que se abría ante sus ojos y que le hacia soñar con nuevos y maravillosos tesoros por adquirir.

Orestes, contempla, a través de un amplio y vetusto ventanal, el mundo que se extiende bajo sus pies. Desde la seguridad de sus atalaya, confiado, deja que la vista vague libremente por un horizonte que le devuelve la imagen de alegres paisajes de un verde monótono, azotado por la brisa de un viento seco y calido, que se intuye agradable en la lejanía. En un cielo absolutamente despejado, una extraña nube resalta dolorosamente sobre el firmamento, y sus movimientos se revelan inusualmente premeditados, incluso, descabelladamente autónomos, dirigidos, como si estuviesen dotados de inteligencia propia. La inquietud le anidó el alma, la piel se le erizó en un acto reflejo, delatando un terror irracional ante un suceso extraño, desconocido e inexplicable.

Del miedo inicial, pasó al terror visceral al ver como la nube se dirigía vertiginosamente hacia su posición. El movimiento de la nube se alejaba de toda lógica, realizando movimientos irregulares, zigzagueando, parándose en seco y permaneciendo colgada en el cielo mientras otras nubes de aspecto más natural se alejaban empujadas por la tenue brisa del sur que soplaba calida y agradable.

La irrealidad del suceso dejo petrificado al pobre e impresionado Orestes, que se quedo allí, plantado delante del amplio ventanal, durante unos interminables instantes, mientras observaba alucinado la misteriosa coreografía que le ofrecía la enigmática nube.

Su mente rescató de la memoria trozos inconexos de reportajes televisivos, vistos en noches de insomnio, en los que se veían personajes cotidianos, gente de la calle, convertida por unos instantes en reporteros de lo paranormal, los cuales apuntaban con el dedo hacia el cielo y orientaban sus video-cámaras tratando de capturar, con más o menos éxito, extraños cúmulos de nubes de formas aplanadas un día, lenticulares el siguiente, llegando a verse, incluso, tubulares o con forma de plato, que pretendían fuesen naves extraterrestres, globos sonda, meteoritos, ectoplasmas o cualquier otro tipo de objeto misterioso ajeno a este mundo de especulación fácil.

La verdad es que, fuese lo que fuera, cuando se acercó lo suficiente, la nube pareció difuminarse y transformarse en un torbellino de partículas en continuo movimiento, adquiriendo un ligero tono azul metálico, que reflejaba tenuemente los rayos de sol al incidir sobre ella, dando la sensación de ser algo mecánico, con vida propia y provista de algún tipo de inteligencia. Durante unos instantes se mantuvo suspendida en el aire, justo delante del ventanal por el que Orestes observaba, boquiabierto, la maniobra ingrávida del extraño objeto.
No se tiene constancia, a día de hoy, de a qué velocidad la mente humana razona en situación de estrés o peligro, pese a lo avanzada que se encuentra la neurociencia. Pero seguro que si hubiesen intentado medir en ese preciso instante la actividad cerebral de la mente acelerada de Orestes, ésta hubiese dado, sin lugar a dudas, un pico inusual, que seguro se hubiese salido de la grafica, debido a la ingente cantidad de preguntas y respuestas que, frenéticamente, su cerebro se planteaba para dar sentido al fenómeno que permanecía suspendido en el aire, frente a sus ojos.

A su mente acudieron, desde posibles conspiraciones masónicas o templarías promovidas y auspiciadas por la iglesia o el mismísimo Vaticano, a desconocidos y sofisticados prototipos armamentísticos puestos a prueba, en secreto, por algún gobierno extranjero. Incluso se planteó la posibilidad de un ataque terrorista, tipo las torres gemelas. También, teorizó con la posibilidad de una fisura en el espacio-tiempo generada por alguno de los muchos aceleradores de partículas, que tan de moda se han puesto, y que inundan parte del subsuelo que nos rodea, generando una especie de agujero negro por el que se ha podido colar una posible entidad inter-dimensional. Cualquier teoría lógica o ilógica, real o fantástica, se gestó por unos instantes en su alterada mente, que buscaba, desesperadamente, dar con una posible explicación a lo que le estaba sucediendo.
Mientras todos estos pensamientos se creaban y destruían en el interior de su mente, su cuerpo permanecía inmóvil, extrañamente paralizado, incapaz de mover un solo músculo. Al principio pensó que era culpa del miedo, del terror que lo atenazaba y mantenía pegado al suelo, debido, seguramente, al ancestral y primitivo instinto de conservación que durante eones se ha ido grabando en nuestros genes a golpe de mutaciones en el ácido ribonucleico y que, gracias a eso, ha permitido a nuestra raza perdurar en el tiempo, hasta el día de hoy.
La nube de partículas entró, liviana, por el abierto ventanal, emitiendo, tan sólo, un leve zumbido ionizante al pasar junto a Orestes que, sorprendido e inmóvil, siguió de reojo el desplazamiento suave y etéreo de la nube al penetrar invadiendo la intimidad de su hogar. La tolvanera azulada recorrió lentamente la vivienda, escrutó todos los rincones y olisqueó cada uno de los objetos que allí se encontraban caóticamente apilados y desordenados, pareció reconocer las reliquias y antigüedades tan laboriosamente adquiridas, maravillas de un viejo mundo que se encaminaba hacia un nuevo cambio, otro giro evolutivo más.

Una vibración, un ligero zumbido y la nube de partículas pareció expandirse resplandeciendo con una intensa y poderosa luz que inundó la vivienda cegando momentáneamente a Orestes. El suelo tembló bajo sus pies, un torbellino de sonidos inundó la estancia y el caos pareció desatarse a su alrededor durante unos instantes que parecieron interminables, y de repente: el silencio. Y en su mente, reverberando, el eco indescifrable de algo majestuoso.

Lenta y dolorosamente, la luz cegadora dio paso a un baile de sombras que, caprichosamente, fueron fijándose en su retina dando forma a una nueva realidad. La movilidad regresó, paulatinamente, a sus entumecidos músculos, rígidos de tanto tensarlos en un intento por liberarse de la misteriosa fuerza que lo mantenía paralizado desde el primer momento en el que divisó la extraña nube.

Un ligero sabor metálico impregnaba la atmósfera, desolada, inhóspita, desértica, y nunca mejor dicho, ya que la habitación se encontraba vacía, completamente despejada, todo lo que unos instantes antes poblaba la totalidad de la vivienda había desaparecido, se había evaporado. La desolación habitaba el ambiente mientras la desesperación le golpeaba el pecho y la angustia se apoderaba de su alma. Todo lo que le mantenía anclado a la realidad, dándole sentido a su vida, se había esfumado en un abrir y cerrar de ojos. Recorrió desesperado las estancias y no encontró ni su sombra.

Lloró mientras blasfemaba golpeando y pataleando la nada, el aire, el etéreo vacío, y cuando se tranquilizó lo suficiente se dio cuenta, que ante él se abría un nuevo horizonte de posibilidades, una nueva y excitante oportunidad de seguir adquiriendo reliquias, objetos útiles o inútiles, piezas de valor efímero o duradero, se había dado cuenta finalmente que la posesión no era la finalidad, sino que la verdadera realización, el ser y el existir giraban en torno a la búsqueda, el camino que se ha de recorrer para llegar hasta un fin, y cuando éste se alcanza no se valora tanto lo conseguido como lo andado. El objetivo conseguido se diluye en un océano de experiencias, de sensaciones, de victorias y derrotas llenas de frustraciones y alegrías, de relaciones personales con personajes afines o no, con congéneres irrepetibles y únicos que pulen la esencia propia y fijan los principios éticos y morales que te acompañaran en esa andadura hacia la verdadera realización que hará de uno lo que finalmente tenga que ser, independientemente de lo que acabe teniendo al final de su existencia.
Con esta tranquilidad en su interior, Orestes observa, a través del gran ventanal como, la extraña y peculiar nube, se aleja en el horizonte arrastrando el lastre que le impedía ver la realidad del mundo, o, quizás, sólo su realidad, quien sabe, ahora ya da igual. Girando sobre sus talones, se aleja del ventanal, atraviesa la solitaria vivienda, coge su roída y vieja mochila de viaje y sale de su morada, alejándose del recuerdo de lo que fue para iniciar una nueva búsqueda en pos de la persona que llegará a ser.

13 comentarios:

  1. Hola,
    Magnífica moraleja la de Orestes, que tanto se parece a tantos, seguramente yo mismo incluido. El hecho insólito que lo ilumina (y se lo lleva) todo para abrir los ojos del pobre mortal petrificado ante su propia ceguera.
    Me ha recordado a las historias artúricas, el camino, la búsqueda, es lo importante. Lo habré de recordar en estos días.
    Saludos.

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  2. Igor, ahí le has dado, esa es la idea, aunque también hay un mensaje subliminal oculto y codificado por mi propio subconsciente que es: el del deseo. Sí, el imperioso deseo de que una nube como ésta se lleve todo lo que tengo en el trastero,¡ joder !que llevo ya dos días aquí metido intentando ordenarlo y no hay manera de tirar nada. :)

    Un saludo.

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  3. La verdad primordial de la percepción. entre lo bello y lo siniestro, entre la luz y la oscuridad, porque también el exceso de luz es cegadora. Y lo desconocido nos deja como encaprichados y fascinados.

    Ese coleccionista de objetos raros y antiguos se prende de la nube que nunca había visto y desencadena el prodigio.

    Sugerente, sutil y espléndida narrativa. Como siempre por otra parte, Rapanuy.

    Una delicia leerte.
    Un abrazo

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  4. Hola, llevaba mucho tiempo sin leerte... fallo mio, claro. Prometo por la nube mala ésa, y para que no me quite a mí, mis cacharros... que son muchos y variados que...
    Te leeré más y más amenudo, que merece la pena y la alegría, por supuesto.
    Me ha encantado tu historia. Mando también un reconfortante y cariñoso saludito a Orestes, para que se tranquilice, que la nube se fue y seguro que ya no vuelve.
    Rapanuy, un saludo también para ti.

    Tattu

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  5. Buen relato Rapanuy. Por un momento me ha recordado a una escena de "Ultimatum a la Tierra".

    Un saludo.

    http://areku-desingblog.blogspot.com

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  6. Madre mía, al principio creía estar leyendo un pasaje de "el viaje íntimo de la locura", de R. Iniesta, cantante y alma y corazón de Extremoduro.
    Hasta la foto me ha hecho recordar la novela extrema y loca. Si no te lo has leído, te lo prestaré.

    Y te comentaré más, café en mano, sobre tus palabras y tu Dorestes... (y esa nube chunga, se les apareció a los perdidos en forma de humo negro, negrísimo...)

    Hasta luego, o antes.

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  7. Comenzar de nuevo en la vida, sin lastres prescindibles, es lo mejor que puede sucedernos; aunque nos parezca lo contrario, encogidos por el dolor de la pérdida.

    Cuánto más se muestra ante tí... si no tienes muros que tapien el horizonte!


    Un saludiño, desde una Galicia calurosa.



    ( p

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  8. Marián, esa fascinación por lo desconocido nos empuja siempre a mirar más allá, prendiendo en nosotros la llama de la curiosidad y de la búsqueda de ese algo intangible.

    Un abrazo.


    Hola Tattu, la verdad es que sin tus cacharros seguirías siendo la misma, y con el paso del tiempo y nuevos cacharros ya no te acordarías de los viejos, por eso hay que darles el valor real que tienen. ;)

    Me alegro de que sigas por aquí.


    @reku, sí se da un aire, a mi me recuerda a la peli de “El extraordinario hombre menguante” cuando la nube-niebla envuelve el barco y hace que el hombre encoja hasta desaparecer.

    Un saludo.



    Mario, lo único que quiero leer de Iniesta son sus declaraciones en el a Marca después de ganar a Alemania y pasar a la final del Mundial. De Lost puedo hablar poco o nada.

    Del café hablamos luego… o ahora, como prefieras, pago yo.



    Lasosita, los objetos se quedan atrás fácilmente, pero del lastre emotivo es más difícil desprenderse… pero hay que intentarlo, y nada mejor que cargarse con nuevos y renovados sentimientos que no dejen sitio a los viejos. Que conste que no me lo he inventado yo, que lo estoy leyendo literalmente de la parte de atrás de una caja de cereales que tengo delante. :)

    Un saludo igual o más caluroso.

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  9. Supongo que a veces es necesario destruir el presente para volver a partir desde el kilómetro cero y seguir aprendiendo cosas. La meta no deja de ser la meta; pero, y luego... ¿qué?

    A mí, por ejemplo, no vendría nada mal una nube de esas

    un beso, isla de pascua.

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  10. Asolada, todos soñamos, alguna vez en la vida, con poder librarnos del lastre que nos ancla a personas, sitios, sentimientos y objetos que nos sumergen, nos hunden cada vez más y más, en un océano de incertidumbres, engaños, tristezas y desesperación…, pero por suerte, para muchos de nosotros la vida da tantas vueltas que si no desesperamos suele llegar nuestra nube, despejándonos un nuevo camino por el que transitar.
    ¡Joder, que profundo me ha quedado! Pues nada, ya lo ves, a seguir toca… y si alguna vez pillo la nube, le diré que te visite. ;)

    Un abrazo.

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  11. Rapanuy...Algo te barruntabas tú sobre Iniesta,eh? Te lo digo por el comentario que dejaste para Mario...Felicidades ¡qué ojo tienes¡ (Oráculo)...no te prodigues mucho, cotízalo en bolsa jajaja...

    Un abrazo y buen verano.

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  12. excelente rezume fantástico del lugar

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