martes, 5 de octubre de 2010

LA TABERNA MALDITA. Parte segunda.





Penetrar en esa vetusta y misteriosa taberna fue como retroceder en el tiempo, el presente pareció desplomarse bajo mis pies en una angustiosa y delirante caída libre hacia los infiernos, arrastrándome hacia un pasado lejano, plagado de dolor y odio. Por unos instantes los recuerdos me salpicaron, igual que si un acido corrosivo me desgarrase la carne separándola de los huesos, por suerte sólo fue un instante, intenso pero a la fin efímero. La realidad, ciertamente se detuvo hace siglos en este lugar, convirtiéndolo en el rincón idóneo donde cobijar y ocultar de la vista de los mortales, el libro apócrifo, la reliquia, que dicen, revelará la verdad a los hombres y les abrirá los ojos al porque de su propia existencia, o quizá confirmará definitivamente lo que muchos han afirmado durante generaciones, que la existencia del hombre sobre la faz de la tierra no tiene ningún significado más allá de la pura y simple existencia biológica. Sólo somos polvo en un universo que desconocemos, nada más que un residuo olvidado, la escoria sobrante del eterno y oscuro Caos…, o quizá no.

Una escasa y tenue luz se filtra a través de unas mugrientas ventanas, roídas y descascarilladas igual que el resto de la extraña edificación, lo que impide ver con claridad el rostro de los tres personajes que se hallan sentados alrededor de una de las dos únicas mesas que amueblaban la estancia.

Una de las ultimas palabras que me dirigió el viejo anacoreta con el que compartí un corto y preciado tiempo de mi triste existencia, fueron: “En este viejo y desgastado trozo de tierra sublunar en el que habitamos y por el que Dios nos deja deambular, más o menos libremente, no todo lo que se ve es, ni todo lo que no se ve deja de ser”, extrañas palabras que yo acabé interpretando como: “no te fíes ni de tu propia sombra”, y con las ultimas palabras del solitario anciano resonando todavía en mi cabeza, decidí obrar con la máxima cautela, y sin mediar palabra me dirigí hacia la mesa que quedaba libre, situada al otro lado de la estancia. Sin dejar de observar por el rabillo del ojo a los tres personajes me senté dando la espalda a una de las paredes, y sin bajar la guardia extraje de mi mochila un pequeño frasco de agua vendita, un liquido santificado que el viejo ermitaño me obligó a coger y que yo a regañadientas acepté, más que nada para conseguir que, aunque sólo fuese un rato, me dejase tranquilo y de esa manera no tuviese que seguir escuchando su continua e interminable retahíla de sermones apocalípticos.

El tío majara, era hasta cierto punto simpático…pero eso no quitaba que también fuese un pesado de cojones. No hay duda de que el hecho de estar tanto tiempo en la más absoluta soledad altera a cualquiera, y el tener a alguien con quien hablar, parecía querer alentarle a recuperar todos los años de abstinencia verbal.
Sin dejar de observar a los de la mesa de al lado, que parecían no prestarme demasiada atención, algo extraño ya que el lugar no tenia pinta de recibir demasiadas visitas de forasteros, lo que me hizo sentir sumamente intranquilo y nervioso, por lo que extraje mi viejo y desgastado machete de combate que tanto servicio me había prestado años atrás, y que reflejaba en su afilada hoja las muescas de una vida de dolor y muerte. Sí, la muerte y yo somos, desde hace mucho tiempo, viejos amigos, esa es una de las razones por las que me eligieron para esta misión.

Rebusqué en el fondo de mi mochila, necesitaba encontrar el trozo de pergamino que me entregó mi viejo amigo Lenny, y que me aseguró, salvaría mi vida llegado el momento. Lo extraje con sumo cuidado extendiéndolo sobre la mesa, en una punta coloque a modo de pisapapeles el pequeño frasco con agua vendita, y puse el machete de campaña en la otra punta del pergamino, de manera que las extrañas letras que lo surcaban se ofrecieron a mi vista, y comencé a leerlas.

Mi voz, al principio débil e insegura, recitaba frases arcanas desconocidas para mi, escritas en latín clásico traducido del griego hacia siglos por un monje benedictino, que lo transcribió a su vez de un texto mucho más antiguo, un papiro arcaico que sobrevivió parcialmente del gran incendio que destruyo la biblioteca de Alejandría, reduciéndola completamente a cenizas, allá por el siglo segundo antes de nuestra era, día más día menos.

Conforme las palabras salían de mi boca, una extraña vibración recorrió la sala, la temperatura bajó en picado y un hediondo olor a azufre lo invadió todo. Por un momento dudé, la realidad de lo que estaba sucediendo superaba mis incrédulas expectativas, hasta el momento había pensado que todo era una farsa, la loca idea de una mente perturbada, una misión abocada al fracaso debido a la falta de la fe necesaria, pero no me dio tiempo de reflexionar sobre lo que podía ser o no posible, ya que los tres personajes que hasta el momento habían permanecido sentados sin demostrar demasiado interés por lo que hacia o dejaba de hacer, se levantaron y se abalanzaron sobre mi, intentando impedir que acabase de recitar mi conjuro, que era lo que realmente estaba realizando al pronunciar las palabras escritas en el antiguo pergamino.

En un acto reflejo, agarré el machete y realizando un movimiento certero, miles de veces entrenado, sesgué la vida del primero de los atacantes, si es que se le puede llamar ser vivo a lo que cayó pesadamente a mis pies. Un cuerpo informe, formado por muñones de carne y piel, al que se le veía la blancura de los huesos asomando por entre los pliegues de un traje harapiento. No me dio tiempo de ver nada más, los otros dos ya estaban sobre mí, intenté forcejear pero su fuerza era sobrehumana y dos pares de manos huesudas y despellejadas me asieron y me lanzaron como si de una marioneta se tratase, a través del aire frío y viciado de la taberna, el vuelo fue corto y la caída brutal. Al impactar, note un dolor insoportable, algo se rompió en mi interior, seguramente fuesen varias las costillas destrozadas, y puede que se me abriese una brecha en la cabeza, ya que la vista se me nublo por la gran cantidad de sangre que caía por mi frente, pero no podía pararme a pensar, y poniéndome en pie me dispuse a defenderme con uñas y dientes de esos engendros salidos de las mismísimas entrañas del infierno, que es lo que ahora parecía abrirse a mis pies.

Pese a mi mala pronunciación del latín, suerte que no estaba en arameo, parecía que el conjuro había funcionado, la energía contenida en las palabras pronunciadas mantenía, pese a los siglos transcurridos, parte de su esencia primigenia. Muchas, sino todas, las civilizaciones antiguas creían que las primeras deidades al crear las cosas las dotaron de un nombre que las anclaba a la realidad y les otorgaba a ellos, los dioses creadores, poder para controlarlas y manipularlas. A los hombres se les permitió conocer algunos de esos nombres, y durante generaciones se llamó a las cosas por su verdadero nombre, lo que permitió a la humanidad controlar el mundo que le rodeaba. Fueron tiempos de dicha y felicidad, una especie de paraíso en la tierra, pero con el tiempo y la estupidez de los hombres, su utilización fue cayendo en el desuso y más tarde en el olvido, lo que sumió a la humanidad a una era de desconocimiento, oscurantismo, desdicha, dolor y tristeza, en la que sin lugar a dudas, hoy todavía, permanecemos sumidos.

El abismo insondable del tártaro se ha abierto en el centro mismo de la taberna, miles de almas inmortales pugnan por salir del encierro al que fueron condenadas. Debo darme prisa si no quiero sucumbir al encanto mortal de su llamada, un canto de sirena infernal al que ni las dos alimañas con las que luchaba, y que seguramente custodiaban el portal, pueden resistir, y atraídas por el centro del abismo, son absorbidas. Y ante mis propios ojos veo como el infierno, haciendo alarde de una furia aterradora, se los traga.

Ahora es mi turno, pienso. Mi vida y mi alma están en juego, sólo tengo una oportunidad. El frasco conteniendo el agua vendita está cerca, debo cogerlo a la primera, no habrá una segunda oportunidad. Y  rodando por el suelo me lanzo a por él, mientras mi cuerpo ingrávido vuela hacia el objetivo, siento como si cientos de manos invisibles me agarrasen tirando de mi hacia el, ahora nada poético, infierno descrito una vez por Dante. Pero la suerte o el destino están hoy de mi lado, y consigo aferrar el frasco. Lo abro, y gritando enloquecido lanzo un conjuro, mil veces repetido, mientras consigo rociar el abismo con el agua limpia y cristalina que lo contiene, y entonces se produce un estallido, la oscuridad lo inunda todo por unos instantes, millones de gritos ensordecedores amenazan con romperme los tímpanos, una oleada de luz y calor seguida de dolor, mucho dolor, y finalmente: pierdo el conocimiento.

Lentamente recupero la conciencia, nunca un ser humano ha estado tan cerca del infierno y ha sobrevivido para contarlo, por lo que me tomo mi tiempo para ponerme en pie. De la taberna no quedan más que escombros, el abismo se ha cerrado y el mal se ha quedado de nuevo con las ganas de pasearse y deambular por la superficie del planeta. Si el conjuro ha tenido éxito, como parece, algo de lo que habitaba en el infierno debería haberse quedado en este mundo. Y con la tenue pero suficiente luz de la luna llena rebusco entre los cascotes y las ruinas de la destrozada taberna. Después de un rato, al levantar una de las destrozadas mesas de madera, lo veo, lentamente me agacho y lo recojo, no sin antes cerciorarme de que realmente estoy solo. Por fin lo tengo en mis manos… ¡La Biblia Negra, existe!, no puedo creerlo, después de todo va a resultar que los mitos tienen su punto de realidad, ¡hay que joderse!

Dicen, que cuando los dioses dieron nombre a las cosas, para que no se les olvidase, lo escribieron en un libro oscuro de rebordes dorados y páginas amarillentas en las que escribieron, utilizando su propia sangre, el nombre verdadero de las cosas, el nombre que al ser pronunciado revela la verdadera esencia del mundo, pudiendo manipularlo, controlarlo y sobretodo conocerlo. El poder total en la punta de la lengua.

Parece que alguien le ha dado a la humanidad otra oportunidad, puede que la edad de la oscuridad haya llegado a su fin, y quizá sea, ahora, el momento del hombre… Quizá, y por si acaso no es así, abro el libro y memorizo unas cuantas palabras, sólo por si acaso… nunca se sabe.


Y, con el libro bajo el brazo inicio el camino de regreso hacia la civilización.



Por Rapanuy.

jueves, 9 de septiembre de 2010

LA TABERNA MALDITA - Parte Primera




La noche se cierne, oscura y amenazadora, sobre este inhóspito y desolado paraje, anegándolo de huidizas y aterradoras sombras que, sigilosas, se estiran y se alargan cubriéndolo todo con un manto espeso y tenebroso. El viento aúlla, incesante e inmisericorde, convertido en un torbellino enloquecido que me vapulea sin piedad haciendo que la tierra firme bajo mis pies pierda, por unos instantes, la fuerza de gravedad que se la presupone y que, invisible, evita que mi cuerpo se eleve ingrávido por el éter, y acabe absorbido por la inercia de un cosmos en continua expansión.

Un gélido y mortal viento, sopla impertinente haciendo que hasta el rincón más profundo y recóndito de mi alma se estremezca. Me ajusto el cuello de la cazadora, intentando protegerme inútilmente de las ráfagas que, como afilados cuchillos, se entretienen en rasgar y erosionar mi piel y la de todos aquellos que, estúpidamente, se atreven a pulular por sus dominios, exponiéndose a sus malévolas caricias.

El viejo y excéntrico clérigo que habita la desolada ermita en la que me he visto obligado a pasar estos últimos días, no tenía muy claro como indicarme el camino que debería seguir para poder llegar hasta la misteriosa y perdida taberna, que tanto ansío encontrar. Me señaló a duras penas, tres o cuatro puntos, que decía, me orientarían en el camino, pero al final, fueron tantas las dudas y las contradicciones, que la respuesta que me dio fue la misma que estuvo utilizando todos los días en los que permanecí junto a él, morando en la ermita y acompañándolo en su soledad. Una respuesta que el extraño anacoreta no dejaba de repetir incansablemente: “Dios proveerá y los ángeles nos guiarán”.

Lo repetía, como si de un mantra se tratase. Como si el pronunciarlo constantemente alimentase su fe, y ésta se convirtiese en dogma, y el dogma en realidad, y, a su vez, la realidad pudiese guiarlo hasta un Dios, que de nuevo, le abastecía del mantra, perpetuándose en un bucle sin fin, imperecedero, eterno e inagotable. De esa manera, el viejo eremita conseguía que, con el tiempo y las repeticiones, el presente, la fe, el dogma y Dios se fundiesen en una realidad alternativa, un universo paralelo, un paraíso en la tierra que en realidad sólo existía en su mente, y que a mí, pese a todo, estuvo a punto de atraparme. Suerte que el capitalismo estaba arraigado profundamente en mi subconsciente y se había entretenido en moldear mi esponjosa mente, cincelando mi moral y alterando mi capacidad de discernir cualquier realidad alternativa, además de haber adquirido, desde hace muy poco, la obligación (judicial) de tener que pagar religiosamente la parte que me toca de una hipoteca, y la de pasarle la paga de la prole a mi ex, que si no… ya me veía echando al seudo fraile de su bunker místico y apropiándome, indebidamente, de su cueva, extrañamente saturada de la energía olvidada por alguna antigua deidad caída en desgracia y relegada al ostracismo por sus, ya no tan, devotos seguidores. O, quizás, no sea ni morada ni refugio, sino, una simple gruta formada por algún tipo de mineral magnético que las corrientes subterráneas han ido erosionando y transformado en un gigantesco e invisible imán que polariza el agua del organismo humano, produciéndole un extraño y agradable hormigueo que recorre el cuerpo de pies a cabeza después de que éste se exponga durante varios días al magnetismo indolente de las rocas.

La verdad es que toda esta historia comenzó cuando me vi obligado a aceptar un extraño encargo. Llevaba varias semanas perdido, deambulando por mi propio universo de resacas y decadencia, de autocompasión compulsiva y sedaciones extenuantes. Necesitaba alejarme de todo aquello, y la oportunidad se presentó tras la inesperada llamada de mi ex agente, y eso que la última vez que lo hizo fue para mandarme directamente al infierno. Agradable lugar, sin duda, si lo comparamos con algunos parajes intransitables de este globo sublunar al que llamamos hogar.

-Sam, quiero que quede claro desde el principio que esto no lo hago por ti, ya me has dado suficientes muestras de que eres un rematado cabrón –le soltó, sin ni siquiera pestañear, el que un día fue su mejor amigo.

-¡No me jodas, Lenny!, no estoy para sermones -carraspeé por el auricular, con voz de ultratumba.

-¡Vete a la mierda, capullo!, y si no te cuelgo el teléfono es porque le prometí a Lorena que te daría una ultima oportunidad… Como si no te hubiese dado ya bastantes.

-¡Mierda, jodida resaca! –La cabeza me iba ha estallar y tenia la lengua tan seca que me dolía al hablar-, ¿cómo están Lorena y los niños?

-Tú que crees, llevan meses sin saber nada de ti, por lo menos podrías llamarles -contestó Lenny.

-Todavía… no estoy preparado… necesito más tiempo, lo de la separación me ha afectado mucho más de lo que pensaba.

-Te está bien empleado por mujeriego, borracho y pendenciero –recalcó Lenny.

-Sí, sin duda me lo merezco, ahora me doy cuenta de que mi vida se estaba hundiendo irremisiblemente en un lodazal nauseabundo, y lo peor de todo es que también estaba arrastrando a los que me rodeaban… y de ninguna manera os lo merecíais. Por eso tome la dolorosa decisión de esfumarme, de desaparecer, y, en ese momento de lucidez, decidí que si quería seguir arrastrando mis huesos y mi vida por las cloacas de este mundo, lo haría solo. Por eso me largué.

-¿Realmente fue por esa razón, Sam?, -Lenny, relajó un poco el tono y siguió hablando- no recuerdo las veces que me has engañado, convenciéndome con esas mismas explicaciones. Pero ya no te creo. Y, además, no es a mí a quien debes convencer. Tú, deberías ser el primero en creértelo y después intentar convencer a los demás, y no precisamente con palabras, sino con hechos.

-¿Tan bajo he caído? – susurró Sam, desde el otro lado del teléfono.

-Pues sí, mucho más de lo que crees –sentenció Lenny, mientras un largo silencio dejaba constancia del profundo abismo que les separaba-, pero, por suerte o por desgracia, tienes la oportunidad de reengancharte al tren del sistema, al vagón al que todos nos aferramos con más o menos fuerza y convicción; o, puedes dejarlo pasar y seguir pudriéndote en la cuneta junto a los parias de la sociedad, los pinchaúvas, los desheredados e inadaptados, arrinconados por el sistema y convertidos en desechables y prescindibles.

-¡Joder! Menudo panorama me pintas: o vuelvo y me integro en una sociedad que me asquea y me repugna, o sigo hundiéndome en la miseria más profunda y putrefacta de esta sociedad.

-Al menos, tú tienes la oportunidad de elegir, de decidir en parte tu destino y la forma de afrontarlo. Que me dices -le pregunto Lenny- estás dispuesto a regresar desde el lado oscuro y enfrentarte cara a cara con tu destino.

-Ya sabes que no creo en el destino, e intuyo que la misión que me quieres endosar, eso que tu llamas “oportunidad”, no será tarea fácil –contestó amargamente, Sam.

-Posiblemente te arrepientas antes de lo que crees de dejar el arroyo, de abandonar la cuneta renegando del camino fácil, de ese mundo oscuro y tenebroso que te ofrecía la posibilidad de no tener que decidir, y por el cual te dejabas arrastrar abandonado a una corriente subterránea de decadencia y desidia, en la que se sumergen diariamente miles de incautas almas atormentadas e ignoradas –sentenció Lenny, y a continuación me expuso el plan y el principal objetivo: rescatar la legendaria Biblia Negra.

 Si resultase, por casualidad, que debido a un cataclismo inoportuno, pero no por eso improbable, este mundo que nos cobija y se abastece continuamente de odio y destrucción, de vencidos y de opresores, plagado de sodomitas y fariseos, despareciese ahora mismo del firmamento dejando un vacío inescrutable e indeleble en esta parte tan alejada del centro de la galaxia, creo sinceramente, que nadie lo echaría en falta. Y digo más todavía: pienso que no se derramaría ni una sola lágrima de este vasto universo por este planeta azulado y repleto de una vida menos inteligente de lo que pensamos. Pero, como decía el viejo anacoreta con el que he convivido últimamente: “ten por seguro, que si las cosas pueden empeorar, lo harán, y no dudes que si existe una posibilidad, por pequeña que sea, de salvación, Dios todo poderoso, si le apetece, te la mostrará”. Yo, lo interpreté como: –hay que joderse y seguir sufriendo hasta el fin de los días- cosa, por otro lado, común en los tiempos que corren.

Y con la mente ocupada y el estomago vacío, proseguí mi camino, aterido por el frío y caminando a tientas a través de una impenetrable oscuridad que lo engullía todo, hasta que finalmente, agotado y desorientado, me deje caer sobre el duro y frío suelo, y acurrucado dejé que el sueño me venciese.

La mañana llegó, aliviándome de las pesadillas y calentando tímidamente mi cuerpo. Después de caminar un largo y penoso trayecto, siguiendo las exiguas indicaciones que me dio el viejo eremita, conseguí hallar la recóndita taberna. El lugar realmente estaba apartado, escondido a la vista de cualquier persona que no conociese suficientemente el lugar y, desde luego, sólo se llegaba si se quería ir, por simple y pura casualidad uno no se topaba con la taberna ni de chiripa. La barraca, que era lo que realmente parecía la taberna, era una mezcla entre un refugio de montaña y una decrépita y tiroteada fabela. La puerta medio roída, crujió cuando la abrí. Las bisagras que milagrosamente la sostenían, chirriaron, pareciendo querer anunciar mi llegada. Dos leves puntos de luz iluminaban tenuemente el interior del local, mientras tres sombras sentadas a los lados de una mesa hecha, seguramente, del tronco de un viejo roble talado hace décadas para servir de apoyo y sostén de platos, vasos, botellas y sin lugar a dudas de decrépitos borrachos adormilados y resacosos.

No estaba seguro de si aquel era el lugar correcto, de si después de tanto buscar había encontrado realmente el Santo Santorum anhelado, el lugar de reposo del libro sagrado, el objeto tan necesario e imprescindible, por el cual, según dijo Jenny, debería, si fuese necesario, dar mi propia vida, menester el cual yo no pretendía poner a prueba. Y, dudando, pero esperanzado, profané el tugurio y me adentré en su interior en busca de nuevas y apasionantes aventuras.

Por Rapanuy

jueves, 1 de julio de 2010

LA NUBE




Desde la engañosa seguridad de su hogar, a varios pisos de altura por encima del mundo real, Orestes se deleita contemplando el universo que le rodea. Ese mundo feliz e ignorante que se extiende confiado bajo sus pies. Absorto, casi hipnotizado, observa como una humanidad anestesiada por la desidia permanece aborregada e indolente mientras es arrastrada por la doctrina dominante que lentamente va esculpiendo en ella los rasgos, marcados y enfermizos, típicos de una civilización en vías de extinción.

Allí, atrincherado, permanece él, en la cima de su mundo, parapetado tras una muralla de objetos y utensilios indescifrables, de muebles antiguos, rústicos, de una ingente cantidad de cachivaches de tecnología efímera que lo sumergen en un mar de desperdicios estrambóticos adquiridos compulsivamente en bulliciosos y embriagadores mercadillos callejeros, que pretenden, con más o menos fortuna, imitar a sus parientes lejanos, aquellos exóticos zocos de sombríos coloridos y laberínticas callejuelas imbuidas en una amalgama de ruidosos y estridentes sonidos, en las cuales gustaba de zambullirse para acabar empapado de esa gran variedad de aromas, olores y sensaciones que suelen despedir unas paradas siempre rebosantes de objetos extrañamente fascinantes. Objetos fantásticos, construidos con aleaciones de hierro, de cobre, de acero, o de plomo y latón, pero siempre forjados a mano en algún sofocante y lúgubre taller artesano. También había obras talladas en maderas provenientes de India, Asia, Nueva Zelanda o, incluso, esculpidas en alguna de las muchas y exuberantes variedades de cortezas extraídas de los árboles que crecen y habitan en lo más profundo de las calurosas y húmedas selvas tropicales.

Deambular por ese entramado de paradas, le ofrecía la oportunidad de entablar conversaciones multiculturales con una gran variedad de vendedores autóctonos y extranjeros, de lenguas, razas y nacionalidades contrapuestas, que le permitía desplegar una de sus mejores cualidades: el regateo. Durante horas se dedicaba a regatear el precio de los diferentes productos con los comerciantes que, confiados, permanecían bajo el amparo de grandes y descoloridos toldos o de lonas roídas y multicolores. A veces pagaba un precio ridículo, otras veces los intercambiaba por fruslerías sin ningún valor para él, pero que, extrañamente, sí lo tenían para otras personas. Pero casi siempre, por alguna insólita y desconocida razón, que escapaba a su entendimiento, acababan cayendo entre sus manos destartalados objetos, obras de arte, reliquias místicas o paganas que, pasaban a engrosar su amplia colección de cacharros, juguetes, aparatos, trastos y cachivaches, que terminaban rescatados del pasado. Mantener todos esos objetos en su poder y contemplarlos diariamente le permitía continuar anclado, de alguna manera, al mundo real, y sentirse útil y necesario. Allí, rodeado de lo que él consideraba su obra, se sentía complacido y a gusto, y solía sentarse a contemplar, a través de un amplio ventanal, el firmamento que se abría ante sus ojos y que le hacia soñar con nuevos y maravillosos tesoros por adquirir.

Orestes, contempla, a través de un amplio y vetusto ventanal, el mundo que se extiende bajo sus pies. Desde la seguridad de sus atalaya, confiado, deja que la vista vague libremente por un horizonte que le devuelve la imagen de alegres paisajes de un verde monótono, azotado por la brisa de un viento seco y calido, que se intuye agradable en la lejanía. En un cielo absolutamente despejado, una extraña nube resalta dolorosamente sobre el firmamento, y sus movimientos se revelan inusualmente premeditados, incluso, descabelladamente autónomos, dirigidos, como si estuviesen dotados de inteligencia propia. La inquietud le anidó el alma, la piel se le erizó en un acto reflejo, delatando un terror irracional ante un suceso extraño, desconocido e inexplicable.

Del miedo inicial, pasó al terror visceral al ver como la nube se dirigía vertiginosamente hacia su posición. El movimiento de la nube se alejaba de toda lógica, realizando movimientos irregulares, zigzagueando, parándose en seco y permaneciendo colgada en el cielo mientras otras nubes de aspecto más natural se alejaban empujadas por la tenue brisa del sur que soplaba calida y agradable.

La irrealidad del suceso dejo petrificado al pobre e impresionado Orestes, que se quedo allí, plantado delante del amplio ventanal, durante unos interminables instantes, mientras observaba alucinado la misteriosa coreografía que le ofrecía la enigmática nube.

Su mente rescató de la memoria trozos inconexos de reportajes televisivos, vistos en noches de insomnio, en los que se veían personajes cotidianos, gente de la calle, convertida por unos instantes en reporteros de lo paranormal, los cuales apuntaban con el dedo hacia el cielo y orientaban sus video-cámaras tratando de capturar, con más o menos éxito, extraños cúmulos de nubes de formas aplanadas un día, lenticulares el siguiente, llegando a verse, incluso, tubulares o con forma de plato, que pretendían fuesen naves extraterrestres, globos sonda, meteoritos, ectoplasmas o cualquier otro tipo de objeto misterioso ajeno a este mundo de especulación fácil.

La verdad es que, fuese lo que fuera, cuando se acercó lo suficiente, la nube pareció difuminarse y transformarse en un torbellino de partículas en continuo movimiento, adquiriendo un ligero tono azul metálico, que reflejaba tenuemente los rayos de sol al incidir sobre ella, dando la sensación de ser algo mecánico, con vida propia y provista de algún tipo de inteligencia. Durante unos instantes se mantuvo suspendida en el aire, justo delante del ventanal por el que Orestes observaba, boquiabierto, la maniobra ingrávida del extraño objeto.
No se tiene constancia, a día de hoy, de a qué velocidad la mente humana razona en situación de estrés o peligro, pese a lo avanzada que se encuentra la neurociencia. Pero seguro que si hubiesen intentado medir en ese preciso instante la actividad cerebral de la mente acelerada de Orestes, ésta hubiese dado, sin lugar a dudas, un pico inusual, que seguro se hubiese salido de la grafica, debido a la ingente cantidad de preguntas y respuestas que, frenéticamente, su cerebro se planteaba para dar sentido al fenómeno que permanecía suspendido en el aire, frente a sus ojos.

A su mente acudieron, desde posibles conspiraciones masónicas o templarías promovidas y auspiciadas por la iglesia o el mismísimo Vaticano, a desconocidos y sofisticados prototipos armamentísticos puestos a prueba, en secreto, por algún gobierno extranjero. Incluso se planteó la posibilidad de un ataque terrorista, tipo las torres gemelas. También, teorizó con la posibilidad de una fisura en el espacio-tiempo generada por alguno de los muchos aceleradores de partículas, que tan de moda se han puesto, y que inundan parte del subsuelo que nos rodea, generando una especie de agujero negro por el que se ha podido colar una posible entidad inter-dimensional. Cualquier teoría lógica o ilógica, real o fantástica, se gestó por unos instantes en su alterada mente, que buscaba, desesperadamente, dar con una posible explicación a lo que le estaba sucediendo.
Mientras todos estos pensamientos se creaban y destruían en el interior de su mente, su cuerpo permanecía inmóvil, extrañamente paralizado, incapaz de mover un solo músculo. Al principio pensó que era culpa del miedo, del terror que lo atenazaba y mantenía pegado al suelo, debido, seguramente, al ancestral y primitivo instinto de conservación que durante eones se ha ido grabando en nuestros genes a golpe de mutaciones en el ácido ribonucleico y que, gracias a eso, ha permitido a nuestra raza perdurar en el tiempo, hasta el día de hoy.
La nube de partículas entró, liviana, por el abierto ventanal, emitiendo, tan sólo, un leve zumbido ionizante al pasar junto a Orestes que, sorprendido e inmóvil, siguió de reojo el desplazamiento suave y etéreo de la nube al penetrar invadiendo la intimidad de su hogar. La tolvanera azulada recorrió lentamente la vivienda, escrutó todos los rincones y olisqueó cada uno de los objetos que allí se encontraban caóticamente apilados y desordenados, pareció reconocer las reliquias y antigüedades tan laboriosamente adquiridas, maravillas de un viejo mundo que se encaminaba hacia un nuevo cambio, otro giro evolutivo más.

Una vibración, un ligero zumbido y la nube de partículas pareció expandirse resplandeciendo con una intensa y poderosa luz que inundó la vivienda cegando momentáneamente a Orestes. El suelo tembló bajo sus pies, un torbellino de sonidos inundó la estancia y el caos pareció desatarse a su alrededor durante unos instantes que parecieron interminables, y de repente: el silencio. Y en su mente, reverberando, el eco indescifrable de algo majestuoso.

Lenta y dolorosamente, la luz cegadora dio paso a un baile de sombras que, caprichosamente, fueron fijándose en su retina dando forma a una nueva realidad. La movilidad regresó, paulatinamente, a sus entumecidos músculos, rígidos de tanto tensarlos en un intento por liberarse de la misteriosa fuerza que lo mantenía paralizado desde el primer momento en el que divisó la extraña nube.

Un ligero sabor metálico impregnaba la atmósfera, desolada, inhóspita, desértica, y nunca mejor dicho, ya que la habitación se encontraba vacía, completamente despejada, todo lo que unos instantes antes poblaba la totalidad de la vivienda había desaparecido, se había evaporado. La desolación habitaba el ambiente mientras la desesperación le golpeaba el pecho y la angustia se apoderaba de su alma. Todo lo que le mantenía anclado a la realidad, dándole sentido a su vida, se había esfumado en un abrir y cerrar de ojos. Recorrió desesperado las estancias y no encontró ni su sombra.

Lloró mientras blasfemaba golpeando y pataleando la nada, el aire, el etéreo vacío, y cuando se tranquilizó lo suficiente se dio cuenta, que ante él se abría un nuevo horizonte de posibilidades, una nueva y excitante oportunidad de seguir adquiriendo reliquias, objetos útiles o inútiles, piezas de valor efímero o duradero, se había dado cuenta finalmente que la posesión no era la finalidad, sino que la verdadera realización, el ser y el existir giraban en torno a la búsqueda, el camino que se ha de recorrer para llegar hasta un fin, y cuando éste se alcanza no se valora tanto lo conseguido como lo andado. El objetivo conseguido se diluye en un océano de experiencias, de sensaciones, de victorias y derrotas llenas de frustraciones y alegrías, de relaciones personales con personajes afines o no, con congéneres irrepetibles y únicos que pulen la esencia propia y fijan los principios éticos y morales que te acompañaran en esa andadura hacia la verdadera realización que hará de uno lo que finalmente tenga que ser, independientemente de lo que acabe teniendo al final de su existencia.
Con esta tranquilidad en su interior, Orestes observa, a través del gran ventanal como, la extraña y peculiar nube, se aleja en el horizonte arrastrando el lastre que le impedía ver la realidad del mundo, o, quizás, sólo su realidad, quien sabe, ahora ya da igual. Girando sobre sus talones, se aleja del ventanal, atraviesa la solitaria vivienda, coge su roída y vieja mochila de viaje y sale de su morada, alejándose del recuerdo de lo que fue para iniciar una nueva búsqueda en pos de la persona que llegará a ser.

jueves, 6 de mayo de 2010

EL PLANETA ERRANTE




Durante años la comunidad científica lo ha ido advirtiendo. Los viejos chamanes, imbuidos en sus etílicos trances, vislumbraron la catástrofe. Los gurús lograron, hace generaciones, descifrar los gravados de las antiguas piedras rúnicas y se dedicaron en cuerpo y alma a transmitirlo. Estaba escrito con sangre en el Necronomicón. Lo profetizaban los textos védicos indios y miles de otros escritos antiguos. Algunos quiromantes lo leyeron tatuado en los surcos de las manos y, una y otra vez, siempre que lanzaban las cartas del azar estas revelaban el mismo resultado: “un destino horrendo le depara al tercer planeta anclado en una orbita elíptica alrededor del Sol que se desprenderá de su atracción para vagar libremente por el espacio y atravesar la galaxia convertido en un inmenso ataúd”…La vida esta condenada en este planeta errante.

Al conocerse la constatación de la noticia, a través de los medios oficiales, el caos se apoderó de las calles, la anarquía se extendió por doquier y la ley del más fuerte imperó, durante un tiempo, sobre el planeta. Finalmente el equilibrio se impuso de nuevo, gracias al descubrimiento de un grupo de científicos que propuso, ante la imposibilidad de remediar la catástrofe, un proyecto audaz para salvar momentáneamente el planeta, hasta encontrar una solución permanente.

Miles de científicos, reunidos en el mayor bunker de investigación construido hasta la fecha, idearon cientos de propuestas para evitar el trágico fin. Tan sólo una propuesta parecía viable, planteando lo que se presagiaba como una tarea titánica y sin resultado asegurado, pero…La esperanza es la única reliquia divina que permanece en el ser humano y que nos empuja, constantemente, a continuar nuestro extraño camino por esta fascinante y caprichosa existencia.


Sin tiempo que perder millones de personas en todos los rincones del planeta se pusieron manos a la obra en lo que seria la mayor construcción jamás realizada sobre este viejo y condenado mundo, ahora, con fecha de caducidad.


El primer objetivo a cumplir era: soltar al espacio grandes placas acristaladas que se mantendrían flotando en el cielo a cierta altura y que en un momento dado se ensamblarían formando una especie de bóveda protectora que cubriría gran parte del planeta, permitiendo que cuando éste se alejase del sol, la débil luz que, exigua, conseguía atravesar nuestra atmósfera, pudiese retenerla ayudados por el efecto invernadero de la bóveda, y de esta manera mantener la temperatura del planeta por encima del umbral de glaciación. Gran parte del planeta viviría una glaciación permanente, pero una parte importante mantendría un clima templado que permitiría que la vida continuase y con ella la esperanza de todo un planeta.


Pero no podíamos permitirnos vagar a la deriva dejando nuestras vidas en manos del azar, por lo que se decidió construir un rudimentario pero eficaz modo de dirigir el planeta y conducirlo hacia un lugar remoto y seguro en el interior de la galaxia.


“Situado en el borde de la galaxia nuestro sistema solar perecerá debido a un cataclismo galáctico de imprevisibles consecuencias. Pero nuestro pequeño planeta intentará evadirse y buscar una nueva ubicación en otro sistema solar más estable en un punto indeterminado de nuestra galaxia”, el locutor intentaba explicar a la población la magnitud del desastre, al tiempo que repetía, una y otra vez, todas las consignas necesarias para que los habitantes de las zonas más afectadas fueran, paulatinamente, abandonándolas y dirigieran sus pasos hacia las zonas más templadas, en las que se comenzaban a construir gigantescas ciudades dormitorio para poder alojar a la mayor cantidad de desplazados que, además, constituirán la mano de obra necesaria para levantar las enormes bobinas Geo-magnéticas que servirán para dirigir el rumbo del planeta por el inmenso y desolado cosmos.


Tristemente, como lleva pasando desde que el hombre es hombre y se bajo (o se cayo) del árbol para iniciar su recorrido a ras de suelo, las religiones se han aprovechado de la credulidad, la ignorancia, el miedo y la desesperación de las personas para vender su verdad al precio que sea, cueste lo que cueste, y desgraciadamente hay muchas almas que se dejan arrastrar por esta marea de fe y resurrección, de dogma y vida eterna, de paraísos y nirvanas.

Todos pereceremos sin remisión... Sí, pero hoy no…, mañana.
Posiblemente será mañana, ¡pero hoy, no!


Trabajamos hoy para vivir un día más. Para disfrutar de nuestros seres queridos o para encontrarlos si aun no los tenemos. Lucharemos un día más para ofrecer un mañana a las generaciones venideras. No esperamos, amparados en rezos y salmos, que un dios piadoso nos libre del mal, nos allane el camino, nos regale un futuro, ¡no!, somos nosotros, con el esfuerzo diario, los que nos salvaremos, y le escupiremos en la cara a la muerte, al menos, intentando sobrevivir un día más sobre este viejo y destartalado planeta.

El día se acerca y queda aun mucho trabajo por delante…no sé si lo conseguiremos, pero al menos nos mantendremos entretenidos hasta el final.

miércoles, 31 de marzo de 2010

SUEÑOS IMPOSIBLES




Érase una vez, no hace mucho tiempo, existió un viejo árbol de ramas angostas y retorcidas, de pensamiento cultivado y sueños imposibles, que todas las tardes se sentaba al borde de un desgastado y majestuoso acantilado desde el que observaba, extasiado, como el sol se ponía sobre la mágica línea del horizonte que el reino celestial se entretenía en perfilar diariamente sobre el mundo acuático a sus pies.

Un día, el viejo árbol, cansado de su triste existencia, decidió, por fin, abandonar la protección del bosque, dejar atrás la compañía de sus familiares, amigos y congéneres y plantar sus largas raíces en una solitaria colina con vistas a un maravilloso e inalcanzable horizonte.

Desde que tan solo era un joven y tierno arbusto se había sentido atraído por el sonido del mar, ese continuo crepitar de las olas estallando contra las angostas rocas del acantilado era música celestial para sus oídos. El impacto del oleaje contra las rocas producía unas leves vibraciones que ascendían por la pared del acantilado llegando hasta las raíces del árbol, que éste, se había preocupado de hundir profundamente en la dura y reseca tierra que bordeaba toda la cordillera costera, para, de esta manera, poder sentir la más leve vibración del mar sobre la tierra firme. Estas vibraciones tenían la capacidad de transmitirle, real o imaginariamente, lejanas historias de aventuras, de tierras exóticas, de vidas en movimiento, de libertad.

Desde el bosque cercano surgían continuamente voces que le incitaban a desistir de su postura antinatural. Los más viejos recurrían a la memoria para recordarle, constantemente, que en sus largas y dilatadas existencias jamás ningún árbol se había comportado de ese modo tan extraño, y pese a que accidentalmente algún, ya extinto, árbol había conseguido, por accidente, enraizar en esa zona extremadamente árida de la loma del acantilado, la continua brisa salada del mar acabó, tristemente, mermando la poca resistencia que pudiera quedarle al pobre y solitario arbusto.

Diferentes voces, amparadas por al espeso follaje que el bosque les brindaba y que los ocultaba, le tildaban de loco, demente, chiflado, de instigar a la rebeldía de jóvenes arbustos que veían en él a una especie de iluminado Mesías conocedor de algún mensaje desconocido y oculto. Una gran mayoría de congéneres, simplemente, le animaban a abandonar lo que para ellos parecía una paranoia transitoria.

Pero el tiempo pasó, las estaciones se sucedieron y, pese a las inclemencias del tiempo y lo difícil de la situación, el árbol aguantó, impertérrito en su cruzada personal, contra viento y marea, esperando quizás que el destino se cumpliese, que los dioses se apiadasen de él, o que, simplemente, fuese la naturaleza siguiendo su curso la que decidiera su futuro, decisión nunca fácil, ni lógica y hasta muchas veces inesperada.

Y así, esperando, trascurrían los días, mientras las vibraciones que le transmitía incansablemente el oleaje le hablaban de una lejana humanidad que se debatía entre el terrible horror de la destrucción y el caos, la efímera fragilidad del amor, la fuerza imperecedera de la amistad, la gloria y el orgullo de razas enteras de difuntos mártires y valerosos guerreros, y le describían la belleza de paisajes alejados infinitamente de este, cada vez más, triste árbol agonizante y moribundo empujado a esta situación por un extraño afán de conocimiento, y seguramente el deseo de poder vivir una existencia completamente diferente a la que le había sido otorgada por un cruel y caprichoso destino, o por el simple hecho de nacer árbol y permanecer anclado al suelo sin posibilidad alguna de poder moverse libremente por el mundo, ese fantástico y maravilloso mundo que se abría a sus pies y que el mar le narraba continuamente.

Quizás fueron sus rezos a dioses mitológicos y desconocidos, o quizás fueron sus suplicas al astro rey que iluminaba todos los días el firmamento con su energía inagotable. Quizás fue la madre naturaleza que enternecida por las constantes suplicas de uno de sus vástagos acudió en su ayuda, o simplemente el destino estaba jugando con él, y su sino fue desde el primer día que se viesen cumplidos sus sueños. No sé… pero da igual, lo cierto es que finalmente ese día llegó.

La tormenta se precipitó impetuosa sobre el acantilado, el ruido del mar explosionando contra las rocas era ensordecedor, el árbol se estremeció al notar como la tierra bajo sus pies se desprendía y sus raíces se quedaban sin una base firme sobre la que sustentarse, y lentamente se fue inclinado hacia el precipicio. Desde el bosque cercano se oían voces, apagadas por el fragor de la tormenta, de congéneres que le animaban a resistir, pero eran inaudibles e inútiles. Finalmente el árbol de sueños imposibles se precipitó al vacío y desapareció engullido por la fuerte marea que golpeaba con furia el acantilado.

Días interminables a la deriva alejaron al árbol de su hogar, al tiempo que lo acercaban irremisiblemente hacia unos sueños que se vislumbraban en el horizonte lejano como una realidad más que probable. Las mareas lo transportaron de un continente a otro. Navegó por los siete mares, disfruto de las calidas aguas de los trópicos, padeció el terrible frío del ártico, pudo contemplar interminables auroras boreales, consiguió vislumbrar las maravillosas constelaciones que forman la bóveda celeste desde los cuatro puntos cardinales. Visito países y naciones, conoció multitud de especies marinas, y disfruto con la flora y la fauna en los rincones más alejados del planeta. Y, finalmente, cuando acabo varado, como un tronco inerte, en alguna playa de una lejana isla desierta, se sentó allí, satisfecho, sobre la arena y disfruto de sus últimos momentos de existencia sobre este mágico y maravilloso mundo que inexplicablemente había podido disfrutar gracias al irrefrenable impulso que un día lo alejó de su hogar, acercándole peligrosamente a un precipicio que resultó ser un trampolín, un punto de partida hacia unos sueños no tan imposibles, y dio gracias a la casualidad, a la causalidad, al destino o a quien manejó los hilos de esta fantástica travesía que consiguió dar un poco de sentido a su monótona existencia.

Del árbol ya no queda más que un tronco hueco y putrefacto que servirá de cobijo a algún crustáceo marino o quizás, con suerte, acabe ardiendo en algún banal fuego que, al consumirlo, elevará su existencia hacia el firmamento estrellado que tanto le agradaba contemplar en su constante deriva por los mares y océanos que poblaron sus sueños y su imaginación, y su existencia será recordada, durante generaciones, por los que habitan anclados en aquel bosque del que partió un lejano día en pos de unos sueños imposibles.

domingo, 14 de marzo de 2010

LA TEMPESTAD Y EL GUERRERO.




Igual que la tempestad arrasa implacable y majestuosa todo a su paso, un alma atormentada puede destruir sin piedad ni misericordia todos los cimientos de la sociedad en la que habita.

Una vorágine caótica de sentimientos se ha transmutado en un vendaval huracanado de sensaciones desgarradoras de las que tan solo se atisban las más superficiales; la pura maldad se mezcla con el terror ancestral obteniendo un espeso odio visceral exento totalmente del más mínimo aprecio por lo humano o lo divino, y con esta argamasa pastosa se cuecen en el horno infernal del Hades la angustia, la desesperación, el dolor y la depravación que, lenta y perversamente, ascienden por la angosta chimenea por la que el inframundo expulsa, despiadadamente, la humareda emponzoñada del mal, expandiéndola a lo largo y ancho de este deteriorado planeta llamado Tierra.


El antaño majestuoso mundo se perpetua en una horrenda e indigna agonía debido a la tenebrosa y aterradora tempestad que desde hace milenios se abate sobre la faz putrefacta e infecta de este, cada vez más, derrotado planeta y sobre sus tristes y patéticos habitantes que deambulan como almas en pena desprovistas de un destino al que aferrarse, de un presente con el que sustentarse y de un pasado del que vanagloriarse. Triste y lamentablemente la raza humana se extingue.... Pero, por alguna desconocida y extraña razón, siguen aforrándose con insensata firmeza, a su nauseabunda realidad, quizás intuyendo en lo más profundo de su ser la existencia de la semilla divina que los engendró, y que se mantiene latente, para poder germinar en el momento oportuno. Sin duda, la semilla de la esperanza florece día a día en este lacónico y extraño planeta.


Dolorosa e indolentemente el guerrero arrastra su devastado organismo por el árido y desolado paisaje. Desorientado y sin rumbo vaga exhausto en pos de un enemigo inmaterial, invisible a la vista de los mortales, impasible ante el desafío desesperado que le lanza el guerrero que, sin obtener respuesta, se siente una vez más impotente, desamparado y sumido en la más terrible de las ignominias. Rendido y agotado se sienta y descansa, en lo más profundo de su ser nota como su alma se lo agradece, y saborea ese momento de connivencia cuerpo, alma y mente, cayendo rendido sobre la calida arena que lo acoge suavemente mientras el sueño llega deseado, gozoso y liberador.


La tempestad arrecia y la arena acribilla el cuerpo del guerrero arrancándolo bruscamente del mundo onírico, en el que deambulaba complacido y extasiado, arrojándolo de nuevo a la desesperante realidad de la materialidad, a esta maldita existencia cruel y despiadada de muerte, caos y destrucción, en la que, extrañamente, tan bien se desenvuelve el ser humano. Parece que esta contradictoria humanidad se adapta perfectamente a este dantesco y aterrador infierno.


Cubriéndose el rostro, del torbellino de arena que lo asedia, con los restos andrajosos de una antigua capa entintada en rojo y púrpura, el guerrero reinicia la marcha, con un solo objetivo: aliviar su tormento, acabar con esta interminable y agotadora pesadilla, terminar definitivamente con esta broma macabra y despiadada, enviada por los dioses que se regocijan impasibles ante el sufrimiento humano, protegidos en su eterna y sagrada morada.


El monte del olvido esta cerca, y los dominios de las deidades serán profanados, con toda seguridad, por este mortal que viaja empujado por el odio, la desesperación, la venganza y, sobre todo, la infinita esperanza de toda una raza que reclama respeto, dignidad y un lugar en el que habitar orgullosos y libres.


La tempestad arrecia mientras el guerrero aprieta los dientes, frunce el ceño y tensa sus músculos para que la terrible potencia del viento no consiga alejarlo ni un ápice de su objetivo, el destino esta marcado y solo la muerte podrá detenerlo, y puede que ni eso... Cualquier otro mortal perecería aniquilado, como si de la hoja de un árbol se tratase, al enfrentase a la terrible tempestad que azota la tierra sagrada a los pies del monte del olvido. Tan solo este guerrero, nacido y criado en las tierras bárbaras que hacen de frontera entre el Hades y el mundo de los mortales. El único guerrero que regresó del mundo de las sombras donde habitan las almas moribundas y permanecen encadenados los dioses que osaron enfrentarse a Zeus y fueron derrotados y enviados al inframundo, del que el guerrero Cimerio obtuvo el metal sagrado con el que forjó sus botas, su escudo y la espada con la que piensa enfrentarse cara a cara con las mismísimas deidades que lo crearon.


La batalla se prevé desigual pero… un atisbo de esperanza se refleja en el rostro del guerrero al recordar las palabras que oyó un día en su lejana niñez de boca del viejo sabio de la aldea,” antaño en tiempos ancestrales los dioses y los hombres vivían juntos y en armonía, no había diferencia entre ellos salvo la eterna inmortalidad que un día con engaños y argucias les fue arrebatada a los hombres, que desde entonces viven y mueren en un ciclo interminable de agonías recordando vagamente que un día habitaron el paraíso y ahora sobreviven en el infierno”.


El guerrero se aferra con odio a su espada forjada por el mismísimo Tifón, hijo de Gea, que se atrevió a enfrentarse a Zeus, dios de dioses, al que venció pero no derrotó y que recuperado de sus heridas logro enviarlo al Tártaro, donde permanece desde entonces sin poder liberarse, pero, desde el que planea su eterna venganza... sirviéndose de este pobre mortal.


Veremos como se desarrollan los acontecimientos en próximos episodios.

sábado, 13 de febrero de 2010

EL POZO DEL CONOCIMIENTO.





Hace mucho tiempo, cuando la tierra era tan antigua como el recuerdo y éste se hundía en las mismísimas entrañas de Caos, se gestó en la mente de los hombres la primera leyenda conocida.


Esta leyenda fue anterior a los dioses y a los héroes. Fue la leyenda primigenia de la que bebieron durante milenios la mitología, la teología, el paganismo y las creencias tribales que, más tarde, florecieron y arraigaron en lo más profundo de los pueblos ancestrales.


Las crónicas orales desvirtuaron el contenido, pero, afortunadamente, el espíritu perduró y se afianzó en el acervo cultural alimentando la leyenda con infinidad de cautivadoras anécdotas, unas veces reales y otras ficticias.


Según Hesíodo, apólogo de la primera obra de la que se tiene constancia, cuenta en su novela épica “Caída y extinción de los primeros héroes”, como el conocimiento de la narración mitológica le fue dado de manos del ultimo regente de la corte celestial del imperio cainita, y éste, a su vez, se autoproclamó el verdadero receptor de las historias que los titanes, antiguos moradores del planeta, contaban a sus descendientes semi-divinos al calor de las hogueras en aquel arcano y misterioso mundo mitológico.


Los ciclopes y los titanes nacieron con la fuerza devastadora de los descendientes de Gea, salida de la oscuridad insondable de Caos. Pero el peso infinito de Urano sobre el vientre de Gea, durante tanto tiempo, les impedía salir, y ese retraso les afecto más de lo deseado, alterando su capacidad de raciocinio y entendimiento. Contemplada su obra, los creadores, comprendieron que ésta había nacido imperfecta, tarada, incompleta, y decidieron arreglarla y perfeccionarla.


Por más que lo intentaron, no fue posible, el orgullo impedía a las creaciones divinas aceptar su imperfección, su naturaleza casi inmortal les hacia ser vanidosos, y eso les cegaba más aún, impidiéndoles aceptar su imperiosa necesidad de evolucionar y mejorar.


Viendo que seria imposible que sus creaciones se perfeccionaran por si mismas, la dualidad Gea y Urano ingeniaron una sutil artimaña para que sus vástagos consiguieran la tan necesaria y clarividente necesidad de aprender, de conocer, de evolucionar y no permanecer anclados en unos cuerpos y unas mentes imperfectas, pese a su naturaleza divina.


A medio camino entre el mundo físico y el espiritual, al borde mismo del abismo oscuro e insondable del reino eterno e infinito de Caos, Gea creo un paraíso terrenal, donde las divinidades pudiesen descansar y recuperarse de sus heridas, alimentarse, procrear, y sobre todo aprender. Sembraron flores con poderes curativos, plantaron árboles cuyos frutos aliviaban los pecados del mundo, o dotaban al que los tomaba de la inmortalidad. Se construyeron fuentes regadas eternamente por el elixir de la eterna juventud, y sobre todo lo que más valoraban, y a la que más tiempo y esfuerzo dedicaron Gea y Urano fue: el pozo del eterno conocimiento.


El primero en habitar ese vergel paradisíaco, fue Cronos, que después de alimentarse de las diferentes frutas, eternamente maduras (no es cierto, como se comenta por ahí, que fuese carnívoro), y sintiendo una intensa sed se acerco al pozo, y extrajo un agua pura y cristalina, de la que bebió hasta saciarse, por lo que todo el conocimiento del universo inundó sus entrañas. Al poco, los demás seres paridos por Gea fueron poblando el paraíso, algunos comieron, mientras otros bebieron y de esta manera adquirieron diferentes poderes y habilidades.


El conocimiento dio a los dioses un renovado coraje y el valor suficiente para intentar usurparle el poder divino a Urano, el padre todo poderoso. Y se declaro la primera de las batallas de este universo en el que habitamos, y desde entonces el conocimiento a dado alas a los dioses y más tarde a los mortales para entablar disputas a diestro y siniestro por tierra, mar y aire. Convirtiendo nuestro planeta en un eterno campo de batalla, donde todo dios puede partirle una lanza en la cabeza al primero que pase por allí, le mire, o no, mal.


Extraje esta interesante historia de un libro que adquirí en un todo a cien chino, que había debajo de mi casa, y que la poli precintó por no tener los papeles en regla. Nunca tome el libro demasiado al pie de la letra, por aquello de que pudiera ser un cuento chino. Je je je

domingo, 24 de enero de 2010

EL BORRADOR DE HISTORIAS.




Han pasado más de dos milenios desde que aquel extraño y enigmático personaje le otorgó a Ogidnem el inapreciable y terrible privilegio de ser el portador del Borrador.

Doscientos siglos han contemplado como el mal que corroe a la humanidad salpicaba todos los rincones del planeta, ensuciando y oscureciendo, más si cave, las almas putrefactas de unos infelices y atormentados seres que, errantes y melancólicos, deambulan caóticamente sobre la faz de la tierra en pos de un destino incierto.

Por error fue creada la raza humana, y por desidia fue abandonada a su suerte durante milenios en un triste y primogenio mundo en desarrollo. Por alguna razón, hasta ahora desconocida, los Creadores decidieron dar una oportunidad a este pueblo de malditos, a esta raza abominable y estigmatizada que se alejaba de todos los preceptos necesarios para asemejarse a sus creadores.

Los Creadores enviaron al planeta Tierra a los Adoctrinadores, una raza intermedia que enseñó y modificó a los seres humanos para que estos lograsen adquirir un nivel mínimo de conocimiento, al tiempo que pudieran desarrollarse lo suficiente para alcanzar el desconocido objetivo para el que habían sido puestos sobre el planeta.

La tarea de los Adoctrinadores fue realmente titánica. La deficiencia estructural y genética con la que fue dotado el ser humano era lamentable, y la materia prima con la que trabajar fue realmente precaria, pero finalmente se obró el milagro y lo que antaño fue catalogado como un experimento fallido, ahora se convertiría en una ilusionante realidad.

Pero, aunque ilusionante, la raza humana continuo preñada de defectos y debilidades que la conducían sistemáticamente hacia la autodestrucción, la aniquilación y una segura extinción, por lo que debía ser vigilada, controlada y, a veces, guiada hacia su destino.

La labor en la construcción y el desarrollo del universo requería que las razas superiores no prestasen demasiado tiempo en un diminuto e insignificante planeta, y menos en sus tarados y fallidos pobladores, por lo que fueron creados diferentes artilugios que servirían de guía y protección a la raza humana. Uno de estos mecanismos fue el Borrador.

Puesto en manos de un ser desarrollado tenia la capacidad de borrar total o parcialmente la historia escrita u oral de cualquier civilización, y reescribirla, o no, para bien o para mal de las generaciones venideras. De esta manera conseguían adoctrinar al género humano, sesgando la información de manera interesada y dejando solo los conocimientos necesarios para interpretar el pasado e intentar aprovechar esta información para mejorar el futuro y evolucionar.

El Arameo Ogidnem, recibió el Borrador de manos de un egipcio llamado Etnegidni, y a éste se lo entrego un sumerio llamado Odnubagav, que a su vez le fue dado por alguien desconocido, ya que la historia fue borrada, desapareciendo la información sobre éste y otros muchos personajes y hechos históricos de épocas anteriores.

Retales inconexos y deteriorados de la historia humana ha perdurado al implacable transcurrir del tiempo, de los prejuicios morales y religiosos, de la envidia y la vanidad de los vencedores, del rencor de los vencidos, y ahora además borrada de un plumazo por el diseño programado y especulativo de unos Creadores inmisericordes y partidarios.

Pobres humanos, ignorantes de un destino amañado. Tristes mortales, crédulos lunáticos, convencidos de su irreal poder de decisión y su creencia en el libre albedrío, siniestra utopía.

Malditos mentecatos, yo Ogidnem, nacido bastardo, criado rufián y coronado lacayo cobarde, en su día fui proscrito en mi tierra, y ahora me he convertido en dueño de vuestro destino y guardián de la realidad.

Verdaderamente, siento cierta envidia de vuestra ignorancia. Ésta que os permite ser casi felices o al menos acercaros a un estado parecido a la felicidad. Muchos de vosotros podéis atisbar el horizonte con esperanza, adentraros en la aventura sin miedo a lo desconocido, maravillarse de lo simple por el mero hecho de ser nuevo, de aprender desde la nada hasta el infinito, de mirar a los demás como a uno mismo. Por eso no pararé de utilizar el Borrador para eliminar del recuerdo el dolor amargo de la derrota, no dejaré de limpiar del pasado la tristeza y la humillación, de transformar lo malo en bueno, lo negro en blanco, lo amargo en dulce, y cuando el pecado se antoje horriblemente desmesurado, borraré de un plumazo a Sodoma del mapa, y ya puestos, haré que Gomorra desaparezca dejando un espacio vacío en la consciencia colectiva, que tendrá que elucubrar la fantasía de lo que pudo ser, sin acercarse lo más mínimo a lo que realmente aconteció.

Por eso mantengo la vista serena, escrutando continuamente el horizonte, acechando sin descanso, para, si es necesario, aliviar al mundo de los pecados del hombre, hasta que llegue el día en que la humanidad sea capaz de soportar el inmenso peso de su propios pecados.

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