domingo, 8 de noviembre de 2009

EL ELEGIDO




Suena un estruendo espelúznate y ensordecedor, el rugido de miles de voces, gritando al unísono, tratando de aterrorizar al enemigo y a la vez buscando arrinconar sus propios miedos. Un estallido metálico, de acero contra acero, sustituye al sonido grave de las gargantas que, seccionadas y desgarradas, aportan un nuevo murmullo al combate.

Miembros arrancados, terribles cuerpos violentados por miles de armas afiladas, huesos aplastados, heridas abiertas que dejan al descubierto entrañas sanguinolentas. Una orgía de caos y destrucción escenifica la verdadera esencia del mal, que campa a sus anchas por la tierra, consiguiendo corromper, con demasiada facilidad, al ser humano.

El fragor de la batalla alcanza su punto más álgido.


Mis brazos se han convertido en dos pesadas losas con voluntad propia, guiados por una energía ajena a mí. Me falta el oxigeno, pero no hay tregua posible, un pequeño respiro para coger aire y bajar los brazos significa, sin duda, una muerte rápida y dolorosa, por lo que continúo golpeando a diestro y siniestro, cercenando miembros, arrancando cabezas, descuartizando cuerpos. La sangre lo inunda todo, la muerte navega en un mar de violencia y se abre paso a golpe de espada hacia un océano de horror y destrucción.


Algo me golpea en la cabeza, un instante de duda y me desplomo, oscuridad, un tenue murmullo y silencio. La última sensación me llega del sabor metálico de mi propia sangre.


Un crepitar de sonidos macabros y mortecinos se extiende en la lejanía, componiendo una escalofriante y terrorífica sinfonía, que lo inunda todo.

El eco de miles de alaridos desgarradores continúa martilleándome los oídos, mientras recupero la consciencia.


Mi mente confusa no asimila la irrealidad de los sucesos en los que he participado y la terrible realidad en la que me encuentro.


No consigo distinguir nada coherente a mí alrededor. Los sentidos, refugiados en lo más profundo de mis entrañas, emergen lentamente y mi cuerpo entumecido y dolorido va recuperando las sensaciones. Un nauseabundo olor impregna el ambiente y golpea con fuerza mi estomago, vomito salvajemente toda la adrenalina acumulada, y parte de mi humanidad se desparrama sobre una montaña de cuerpos descuartizados.


Hasta donde la vista alcanza, una horrenda alfombra de cadáveres se extiende a mis pies, amontonados y esparcidos caóticamente, formando un mosaico escalofriante de un intenso color rojo.


Poco a poco la sangre se coagula y se oxida, adquiriendo un tinte más oscuro, casi negro, confiriendo a la muerte un tono más solemne.


Arrastro, pesadamente, un maltrecho escudo, arrancado a un enemigo en plena batalla, protección inocua frente a las almas errantes que me atraviesan violentamente en un ciego empeño por continuar vivas. Dejo caer pesadamente el escudo aplastando un cráneo decapitado.


Miro alrededor tratando de localizar mi vieja espada, sin ella me siento desnudo. La veo incrustada en el pecho de un enemigo, me acerco y la sujeto con fuerza, el cadáver aún con los ojos abiertos y un rictus agónico en su rostro, me mira suplicando desde el más allá, que lo libere del acero Xemita, forjado en lo más profundo de las míticas minas Samlom. Apoyo mi pie sobre el cuerpo frió e inerte y tiro con fuerza de la espada, que sale rasgando carne y huesos, liberando el alma inmortal del guerrero Sardo.


La espada es parte de mí y al empuñarla de nuevo la energía que irradia, fluye por mi cuerpo regenerándolo milagrosamente. Levanto la mirada hacia el oscuro cielo y alzando la espada por encima de la cabeza, entono el cántico del triunfo, el himno milenario que los guerreros Kree, mi pueblo, ofrendan al dios Thork, después de salir victoriosos de una batalla.


Mi alma de guerrero se siente orgullosa por la hazaña, y añado para gloria de mi casta, otra batalla a la historia, dando gracias al Dios Tork por mantenerme con vida.


Los gemidos agónicos se ahogan en las gargantas de los pocos moribundos supervivientes, presas indefensas de multitud de carroñeros, que hacen acto de presencia sobre la marea de cuerpos en descomposición.


Lentamente me alejo del campo de batalla y oriento mis pasos, firmes y seguros, hacia el río de aguas claras y purificadoras, donde me limpio el sudor y la sangre, al tiempo que recapacito sobre lo sucedido.


Cuatro mil valerosos guerreros se han batido, a sangre y espada, en una mortal batalla sobre tierras Sardas, por el control del Cuenco Sagrado del dios Amon. Extrañamente, solo yo he sobrevivido. Se ha cumplido, de esta manera, la profecía que predijo el viejo y loco chaman de la aldea, antes de que partiese en busca del secreto del Fuego Azul.


Las leyendas más antiguas que se conocen cuentan que, cuando los dioses llegaron a nuestro planeta, se quedaron maravillados por su belleza y decidieron dejar de vagar por el universo, y durante milenios este planeta fue su hogar.


Con el conocimiento y la técnica que poseían construyeron inmensas ciudades y monumentos que han perdurado hasta nuestra época. También nos crearon a nosotros, imperfectos y débiles humanos, para servirles, y así lo hicimos durante milenios, hasta que un día se fueron y nos dejaron a merced de nosotros mismos.


Desde entonces la historia del hombre se ha escrito a sangre y fuego.


Fuimos puestos en este planeta para servirles, pues ése era nuestro destino. Al desaparecer los Creadores, desapareció con ellos nuestra razón de existir, y desde entonces las vidas de las generaciones pasadas, las nuestras y posiblemente las futuras, permanecen vacías, ya que el simple hecho de sobrevivir no las llena.

Unos pocos conocedores de las maravillas que nos legaron los dioses, afirman que el Fuego Azul da el conocimiento y puede revelar, al que lo posea, el verdadero destino y objeto de la vida.


Yo y tres guerreros más, fuimos elegidos para buscar y hallar la reliquia sagrada, la cual debe ser llevada, a cualquier precio, hasta nuestro hogar, para que nos muestre, el nuevo destino al que debe enfrentarse la raza humana.


De momento el mío fue marcado al rojo fuego en mi antebrazo, la cicatriz en forma de llama me recuerda constantemente cual es el objetivo que guía mis pasos.


Recojo mi espada y la ciño al costado, me coloco la piel del oso gris que mate en la cordillera Xemita, el cual espero que me proteja del gélido viento que azota las montañas norteñas, y llenando de agua mi cuenco de viaje dirijo mi destino hacia las Rocas de Samir, la aldea mágica de los Druidas, que me espera al otro lado del macizo rocoso de Slaum.


De nuevo he vuelto a eludir a la ancestral y eterna Muerte.

11 comentarios:

  1. Recién despierto... café en la mano...
    el primero de la serie diurna... encuentro tu texto.
    He tenido que ponerme en la piel de tal guerrero, en medio de tan cruenta batalla...

    Y la historia... me ha encantado!

    "cuando los dioses llegaron a nuestro planeta, se quedaron maravillados por su belleza y decidieron dejar de vagar por el universo, y durante milenios este planeta fue su hogar"

    que buena explicación para las luchas y demás horrorosos sucesos que traen la muerte a manos de los semejantes! Solos, que nos han dejado!


    Ahora, iré a por la segunda cafeína...
    necesito restablecerme!


    Buen relato!! Fuerte y contundente como el escudo que deja caer, aplastando la cabeza de un enemigo decapitado...

    Un saludo!

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  2. Lasosita, solos nos dejaron los muy divinos y además en pañales y sin libro de instrucciones.

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  3. Me encantan tus historias, tienen siempre un trasfondo con mensajes legendarios.





    John W.

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  4. John, ahí le has dado, ya sabia yo que había algo... ¡el trasfondo! :)

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  5. ...A pesar de todas las políticas, y sin tener en cuenta con quién se originaron, nuestro gobierno debe correr un riesgo deliberado -quizás incluso el de desafiar a los propios visitantes- y admitir oficialmente que existen.
    Cuando esto se haya hecho, comenzaremos por fin a dilucidar lo que nos sucede.
    Es hora ya de que se diga la verdad.

    Whitley Strieber. (Majestic)



    Muchas gracias por pasarte por mi casa, y por haberte añadido a la lista de seguidores, después de visitar la tuya, no tengas la menor duda de que haré lo mismo y, te visitaré siempre que pueda.

    Un cordial abrazo desde las Rías Baixas Galegas.

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  6. Veo que te has leído mi perfil y compartes conmigo ese viejo libro. Interesante.

    Gracias a ti y un saludo desde la zona más noreste del territorio.

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  7. Hola.

    Ante todo, gracias por pasar por el blog. Ahora mismo no tengo mucho tiempo, pero esta noche voy a imbuirme en estos relatos que se presentan tan fascinantes.

    Un saludo.

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  8. Hola otra vez.

    He leido esta historia. Me encanta. Buen trabajo, si señor.

    Seguire leyendote xD.

    Saludos a todos.

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  9. Gracias @reku por tu comentario, saludos.

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  10. Muchas veces imagino así nuestro final... Incluso hasta lo he soñado...
    Como en las pinturas de Royo.

    Muy bueno los que escribís
    Me gusta
    Un beso y hasta la próxima

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  11. Mo sé qué es ni de qué va, pero empieza bien. ¿Es el arranque de una novela? Sí es así, huele bien, huele a épica.

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